Wall St. no cree en calendario maya

¿Se acaba el mundo? ¿Cómo puede ser justo ahora que resucitan los muertos vivos? Bancos y compañías constructoras se pelean por liderar el avance. Las acciones de los bancos trepan como si los escándalos, que surgen todos los días de debajo de las alfombras, los hubiera protagonizado otro sector (y las multas, que con frecuencia no bajan de los mil millones de dólares por cabeza, las fuese a pagar alguien más remoto todavía). Ya no es el «too big to fail (demasiado grande para caer)» lo que impera, sino el «too big to jail (demasiado grande para caer en prisión)», como se reconoció en el arreglo que coronó días atrás un sonado asunto de lavado de dinero que involucró al principal banco británico. En todo caso, no existe el «too big to sail (demasiado grande para navegar)». Si se mira el conjunto, la navegación de los papeles financieros es a toda vela. Es el año del fraude de los bancos, de su mayor descubrimiento a la luz pública, dice un columnista de Reuters con razón. Y, a la par, es el mejor año para sus acciones desde 2003.

¿Por qué tanta prisa, en los activos de riesgo, dentro y fuera de Wall Street (donde los récords son barridos día por medio)? Si los mayas erraron con el oráculo, todavía resta doblarles el brazo a los partidarios del Tea Party. ¿Habrá rally de Navidad cuando la intención del presidente Obama de zanjar el incordio del precipicio fiscal no luce asequible para la Nochebuena? ¿Asistiremos, como lo sugiere el calendario bursátil tradicional, al efecto enero? ¿Será el envión alcista de costumbre o un brote de histeria por la tenacidad de la disputa fiscal?

Vistazo

Conviene echarle un vistazo al mundo. Wall Street todavía no embistió los récords post Lehman de septiembre. Está juntando fuerzas, con intención de cálculo, a la espera del momento propicio. Pero el Dax alemán, por citar un ejemplo, quebró cómodo los máximos de los últimos cinco años. Las Bolsas de Europa, las acciones de un continente sumido en una segunda recesión, son las que más talonean desde que Draghi se juramentó por la irrevocabilidad del euro. O, más bien, lo eran. China resurgió pujante a caballo de un doble alivio: mejores indicadores y, sobre todo, el mensaje de que no hay marcha atrás en el rumbo económico, de boca de sus nuevas autoridades. El Nikkei de Tokio volvió a atreverse a cruzar la vara de los 10 mil puntos en sentido ascendente, mientras todo indica que la economía se hunde en su enésima recesión. El cambio político azuza las expectativas favorables. Shinzo Abe, el primer ministro entrante, ganó las elecciones del domingo con la bandera del estímulo monetario (provocando un cortocircuito con el Banco de Japón). No obstante, con puntualidad oriental, el banco central entregó ayer lo que Abe prometía en campaña. Se trata de la tercera dosis de relajamiento de los últimos cuatro meses y, según la contabilidad oficiosa, bien podría denominarse el QE9 nipón. Para no ser menos, y después de un período de abulia, las acciones de los mercados emergentes también participan del asalto. ¿Abismo fiscal? ¿Qué abismo? Las canastas globales de acciones cotizan en su umbral más elevado en poco menos de un año y medio. Y quien apuesta a un diciembre rentable, y lo hace cuando todavía no se apartaron los obstáculos filosos, pretenderá sacarle jugo al mejor trimestre ex ante del calendario y tratará de estirar la buena suerte hasta marzo.

Consejera

Wall Street pertenece a un segundo pelotón, rezagado, todavía distante de las mieles que probó en septiembre. La discusión del abismo fiscal, lo que allí se resuelva, tocará -en concreto- su bolsillo. La prudencia es sana consejera. Pero si hay que tomar partido, la señal es clara: pese a la amenaza del precipicio, la confianza de los inversores se consolida semana tras semana y lleva cinco consecutivas en suba. La medición de ayer saltó al nivel más elevado desde febrero. En la antesala del Día de Acción de Gracias, los pesimistas («bears») eran más del 40% y ahora no llegan a ser el 25%. Los «bulls», los que ven un galope alcista en el horizonte, no sumaban el 36% y ayer habían superado el 46%. A medida que la estacionalidad propicia arrima su sostén, que los indicadores despejan las dudas sobre la salud de la economía, y que Europa no rompe su tregua, crece el sentimiento a favor. Que haya tantos optimistas podría considerarse riesgoso, pero lo que de veras importa es que haya todavía más cash (efectivo) sin asignar, ocioso en las carteras. Y así parece. Se sabrá cuando demócratas y republicanos finiquiten esta última mano de póquer.


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