Volver al futuro: de los trajes metalizados al verdadero aporte de Internet

A fines de los 70, la editorial española Plesa publicó una serie de libros para chicos bajo el paraguas de una "Enciclopedia infantil del futuro". Eran volúmenes ilustrados, de pocas páginas, parecidos en formato a los de las historietas de Asterix, Tintín o Lucky Luke. Para quienes hoy bordeamos los 40, se trató de una colección entrañable que en la actualidad junta polvo -con suerte- en alguna caja de cosas viejas en el placard (quien la tiró o la regaló, puede rememorarla en www.paraquenoseolviden.com , donde está escaneada completa).

En "Ciudades del futuro", los escribas de Plesa se imaginaron el mundo que deberíamos estar viviendo ahora: ciudades acuáticas, dieta a base de plancton, colonias de familias en la Luna (donde se organizarían los Juegos Olímpicos 2020), relojes que cumplirían las funciones que hoy tienen los celulares. Y, por supuesto, uniformes metalizados de una sola pieza para todos (el negocio de la moda viene mal perfilado en los pronósticos futuristas).

Predecir es una empresa riesgosa, especialmente cuando se trata del futuro, dicen los economistas. Y en materia de avances tecnológicos y su impacto en la economía y la vida cotidiana, la cosa se complica todavía más. "Tenemos enormes problemas para hacer pronósticos con la tecnología -nadie previó que se iba a inventar Internet, por ejemplo-, y también para cuantificar su aporte al crecimiento", explica Andrés López, director del Departamento de Economía de la UBA y experto en temas de innovación, "las cuentas nacionales, en todo el mundo, no están preparadas para una sociedad de intangibles". "Como decía [Joseph] Schumpeter: la innovación es un mapa no cartografiado", cita López.

Una de las características que hacen particularmente interesante el debate sobre "el futuro del futuro" que se da entre los economistas es la polaridad de las posiciones en disputa. Hay muchos académicos de renombre completamente escépticos con el aporte real de Internet y las nuevas tecnologías al crecimiento, que hacen propia la frase de Robert Solow en 1987: "Uno puede encontrar computadoras por todas partes, menos en las estadísticas de productividad". Y en el otro extremo aparecen los que defienden la idea contraria: que la tasa de cambio que surgirá de la actual revolución tecnológica escalará en forma geométrica.

"Hoy conviven la aparición de innovaciones que están transformando nuestra vida cotidiana (GPS, Internet, smartphones , Google Glass, etc.) con las mediciones de algunos economistas que indican que la contribución del desarrollo tecnológico al crecimiento es menor que hasta 1970. La duda es si la forma a futuro del desarrollo tecnológico volverá a ser exponencial (como fue entre, digamos, 1800 y 1970) o si entraremos en rendimientos tecnológicos decrecientes", grafica el economista Miguel Braun, director de la Fundación Pensar.

En el club de los pesimistas se destacan estrellas académicas como Tyler Cowen, autor del best seller El Gran Estancamiento , el libro de economía más vendido de 2012. Cowen afirma que se viene una era de crecimiento global muy bajo (del orden de 1% o 2% anual, contra el 3% a 5% de las últimas décadas), entre otras razones porque Internet -según su visión- crea menos valor agregado que el que se le suele asignar. O el profesor de Northwestern Robert Gordon, para quien la red de redes no les llega ni a los talones, en términos de impacto económico, a los grandes inventos de fines del siglo XIX y principios del XX.

Pasan cosas increíbles

El principal impulsor, a nivel local, de la visión opuesta a la de Cowen y Gordon es el emprendedor y economista Santiago Bilinkis, quien afirma que "están pasando cosas increíbles que dentro de entre 20 y 50 años transformarán nuestra existencia radicalmente, y no estamos preparados para este fenómeno". Bilinkis, quien se convenció de esta idea luego de su paso por Singularity University y de asistir durante meses a clases allí con expertos en biotecnología, inteligencia artificial, robótica, neurociencia, nanotecnología y medicina personalizada, cuenta que en el pasado la tasa anual de mejora de tecnologías con impacto en la vida cotidiana, como el auto o el avión, fue relativamente baja. "Desde 1903 hasta hoy un auto cambió mucho estéticamente, pero su velocidad máxima y consumo de combustible, no. En 80 años la velocidad máxima se triplicó; la tasa de mejora anual no llega ni al 2%", explica el fundador de Officenet. En cambio, las computadoras duplican su capacidad cada dos años (lo que se conoce como "ley de Moore"). "La diferencia es abismal", remarca. Las industrias intensivas en el uso de información tendrán a su disposición esta capacidad de acelerar a fondo.

"Paul David estimó en 50-60 años el lapso para el despliegue total de los impactos de la invención del motor eléctrico, y sin dudas acá las tecnologías de la información (TIC) aún tienen mucho para dar, aunque no sepamos hoy bien qué. Hay que darles tiempo", afirma López. "Y luego mencionaría el tema fragmentación de la producción a escala global, que sería imposible sin las TIC, y es algo que sin dudas ha venido avanzando de forma muy rápida, generando posibilidades de especialización y división del trabajo inéditas, principalmente (pero no solamente) en servicios. Además de los nuevos negocios que ha abierto Internet, las realidades virtuales, la telemedicina, etc. En definitiva, creo que las posturas escépticas son algo miopes."

El profesor de la UBA estuvo esta semana veraneando en Chile, en la montaña, e intercambió sus impresiones sobre el aporte de la tecnología al crecimiento económico con LA NACION vía correo electrónico. "Todo esto, que aporta cero a la productividad, te lo escribo desde la montaña con mi celular, pese a que no hay señal para usar el teléfono, pero sí Wi-Fi. Estoy de vacaciones con mi hijo menor, quien hace un par de años me consultó si cuando yo era chico había Internet. Le dije que no y me preguntó: «¿Y cómo vivían?»."


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