Viejas y nuevas metaforas de la intolerancia europea hacia lo diferente

Buenos Aires, 3 de noviembre (Télam, por Guillermo Lipis).- Natán Sznaider analiza la relación de las culturas de las minorías constitutivas de las naciones contemporáneas utilizando como márgenes históricos la consigna de “libertad, igualdad y fraternidad`, de la Revolución Francesa; y el intento de destrucción del judaísmo con el Holocausto, una situación de odio identitario que atravesó a Europa y que hoy parece revivir volcado hacia los musulmanes y africanos residentes en los actuales guetos del Viejo Continente.

“¿Cómo llegan a definir la identidad general de una nación los valores particulares de las minorías que la constituyen?”, se pregunta Sznaider en su libro `La memoria judía y el orden cosmopolita`, editado por Capital Intelectual, y toma al judaísmo como una metáfora de la intolerancia europea actual a la multiculturalidad.

La tensión entre lo particular y lo universal de las identidades de las minorías está expuesta, para el autor, en la vieja consigna revolucionaria de “libertad, igualdad y fraternidad”.

“La Revolución Francesa intentó disolver todas las corporaciones para construir un nuevo Estado universal” advierte Sznaider, y considera que “la ciudadanía -como nuevo concepto de unicidad e igualación del sujeto- prometía terminar con la (entonces) diáspora judía y devolver a los judíos a su hogar, ya no como judíos sino como ciudadanos”, opina para agregar polémica a un problema que aparecía como intrínseco a la época al considerar que la igualdad debía poner a todos en el mismo plano sin importar los aportes particulares que cada minoría, constitutiva del nuevo Estado, podía aportar a la revolución entonces en marcha.

El “transnacionalismo pretendido por los judíos de la época -que se negaban a dejar de lado sus particularidades identitarias- socavaba la aspiración universalista de la Ilustración”, afirma este profesor de las universidades de Munich y de Columbia, quien recuerda que “esa tensión entre ser diferentes e iguales al mismo tiempo reflejó sus preocupaciones hasta que la vida judía fue exterminada en Europa” con la nefasta propuesta de la solución final germana.

De esta manera, Sznaider marca una contradicción entre ese Iluminismo que -al mismo tiempo- descarta la riqueza cultural que cada minoría podía entregar a esa revuelta popular contra la monarquía.

La Revolución Francesa, para el autor, constituyó “una transición directa desde cada minoría comunitaria a la sociedad nacional, socavando las pretensiones de las particularidades de los hombres”.

Vuelto a intentar explicar el presente, Sznaider usa esta dicotomía entre lo particular y lo universal de una cultura como una metáfora concreta de lo que hoy sucede en Europa con la falta de aceptación de las nuevas corrientes migratorias provenientes de países árabes y africanos que, seguramente no por casualidad, encontraron en Francia el espacio de radicación y, al mismo tiempo, el escenario para las más fuertes protestas ante la falta de oportunidades y frustraciones permanentes.

Los africanos y los árabes, hoy, son los judíos del ayer, y están atrapados en un dilema aparentemente sin solución: “son demasiado particulares para ser ciudadanos universales y demasiado universales para atravesar los límites de la ciudadanía y ser particulares”, afirma Sznaider.

Para el autor, el problema es paradójico: “el cosmopolitismo es particular y su particularidad es cosmopolita”, y si no puede lograrse una mirada que contemple a esas particularidades como parte de una Europa contemporánea, “puede volver a aparecer un nacionalismo que considere a lo diferente como un problema moderno con serias consecuencias” étnicas en contra de las minorías, advierte.

Para ilustrar esta angustia e incertidumbre, Sznaider recuerda una carta de Walter Benjamin que, entre sus párrafos más significativos, aseveraba que: “Muchas civilizaciones han perecido en la sangre y el horror de este planeta”.

“Naturalmente, uno debe desear por el planeta que algún día experimente una civilización que haya abandonado la sangre y el horror, pero es terriblemente dudoso que nosotros podamos darle ese regalo para su fiesta de cumpleaños número cien millones”, prosigue Benjamin en su misiva.

Y concluye que “si no lo hacemos, el planeta finalmente nos castigará a nosotros, sus desconsiderados admiradores, presentándonos el Juicio Final”.

La carta fue escrita en París en 1935. Hoy, setenta y siete años después, y ante la fragilidad social que coexiste en Europa junto a su crisis más grave en los últimos 50 años, continúa teniendo plena vigencia.

Sznaider sabe que detrás de los peligros que encierra el acecho a lo diferente se puede ocultar el nuevo `huevo de la serpiente`, y lo advierte con toda crudeza en un libro que aborda la crisis del Viejo Continente con una mirada profundamente humanista que revaloriza la riqueza de la multiculturalidad que la habita, y proponiendo que esas civilizaciones deben ser consideradas como parte de la solución y no del problema. (Télam).- gel-mc- 03/11/2012 10:25


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