Señales de fin de ciclo en el horizonte

La economía ha dejado de darle buenas noticias al Gobierno y aunque algunos proyecten lo contrario, tampoco lo hará en 2013. La restricción externa se ha evidenciado de manera contundente en una Argentina que se gastó los ahorros y a la que le cuesta muchísimo sostener el flujo necesario de divisas.

Esta limitación seguirá operando en los próximos años en la medida en que se siga supeditando la oferta de dólares sólo a la evolución del saldo comercial, en un marco donde pesan sobre el balance externo el creciente déficit energético e industrial. En este sentido, la preocupación del Gobierno por la disponibilidad de divisas llegó para quedarse. Este desvelo terminó en una respuesta de política económica equivocada, enfocada principalmente en restringir las divisas, con medidas de diversa índole y la presión sobre los insumos importados y las utilidades y los dividendos de las empresas, llevando estos últimos hacia niveles casi nulos.

El éxito aparente de este enfoque ya ha mostrado sus limitaciones y al Banco Central no sólo le cuesta acumular divisas, sino que además se encuentra patrimonialmente muy debilitado con reservas que han perdido participación a instancias de activos difícilmente exigibles ante episodios de tensión (las reservas representan sólo el 35% del activo vs. el 60% promedio del período 2005/09, mientras que las letras intransferibles pasaron del 11% entre 2005/09 a un 28% actual). La comparación es aún más flagrante, cuando se evalúa el comportamiento de las autoridades monetarias de la región: en los últimos doce meses, el Banco Central de Brasil acumuló cerca de 30.000 millones de dólares mientras que su par argentino perdió 5000 millones.

En efecto, la profundización de estas restricciones tiene cada vez mayores daños colaterales. En lo inmediato, lo más relevante a monitorear por su impacto sobre el nivel de precios es la "tenencia" forzosa de moneda local, en un contexto de fuerte emisión monetaria, en torno del 40% anual. Esta acentuada inyección, en un contexto en que no se han generado instrumentos de canalización de este ahorro, genera un aumento forzoso de la demanda real de dinero a nivel agregado, pero es un incremento frágil, no sostenible en una moneda que pierde valor. Ejemplo de esto es la dinámica que exhibe el circulante en poder del público, que ya supera al stock de depósitos a la vista en el sistema financiero (representando más del 50% de los medios de pago privados por primera vez en la última década), evidenciando una mayor preferencia por la liquidez no bancaria.

Sorpresivamente, en este marco, el consumo privado tiene un comportamiento mediocre y exhibe una dinámica volátil y mucho más cauta a lo esperado. Reflejo de lo anterior es no sólo el amesetamiento en la evolución del financiamiento bancario y no bancario, sino un creciente desfase en la cadena de pagos. Con individuos que mantienen mayor porcentaje de su patrimonio en pesos, debe monitorearse de cerca los efectos económicos del uso que adquieran esos pesos ociosos en un futuro. Así las cosas y con un modelo económico que da señales cada vez más marcadas de agotamiento, 2013 mostrará sólo un tenue rebote en la actividad económica traccionado principalmente por factores exógenos. El país se inserta de esta forma en un fin de ciclo con distorsiones generalizadas que entrecruzan toda la economía y sin motores potentes que despejen el horizonte.

En este marco, un gobierno acostumbrado a administrar excedentes intentará seguir impulsando el último pilar disponible para sobrevivir, el consumo privado. Sin embargo, aquí también se ve fatiga. En particular, en lo relacionado con la masa salarial, cuyo incremento sólo puede lograrse por tres vías: un aumento en la ocupación, una mejora en el poder adquisitivo o mayores transferencias desde el Estado. Ninguna de ellas está operando. En especial, durante todo este año, las familias han tenido crecientes dificultades para que nuevos miembros se inserten en el mercado laboral. Esta situación es particularmente negativa para la población de menores ingresos donde el desempleo asciende a 18%, y cuya capacidad de presión para sostener el poder adquisitivo del salario es muy baja, siendo que más del 70% trabaja en condiciones de informalidad. De persistir esta debilidad económica, el potencial para generar los puestos de trabajo suficientes para absorber la fuerza laboral que ingresa año tras año encuentra su límite. En efecto, el mercado laboral no podrá mantenerse inmune a esta nueva realidad, y se tensionará aún más el principal factor de inclusión social que ha tenido la economía. Frente a esta fatiga, el Gobierno insistirá con meterse en las rentabilidades de los sectores productivos, trasladándoles la culpa de la falta de inversión, el aumento de precios, la escasez de dólares y la baja calidad de empleo.

Hay otra forma de gestionar el bien común mediante la política económica, que no tenga que ver con el apriete y sí con los incentivos. En este estado de cosas, sólo queda esperar que el costo de una política pública deficiente y fragmentada no genere una nueva década perdida.


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