Con los saqueos de Navidad cae el último pilar del "relato" kirchnerista: el éxito de la política de "inclusión social"

Cristina Kirchner adora la expresión "inclusión social", una de las mencionadas con mayor frecuencia en sus discursos. Y para demostrar los avances en esa área, suele hacer dos comparaciones: una geográfica, entre la Argentina y las atribuladas naciones europeas que sufren la furia de los "indignados"; y otra temporal, entre el país de hoy y del convulsionado 2001, que padecía saqueos, desempleo rampante y descomposición social.Su conclusión aliviadora es que, por suerte, esos disturbios de la Europa actual o de la Argentina de hace una década quedaron muy, pero muy lejos, gracias a una década de crecimiento récord y a la sensibilidad de un gobierno que trabajaba para resolver los problemas sociales.En ese contexto, ¿cómo encaja la noticia de 300 comercios saqueados en 40 ciudades, y el saldo trágico de dos personas muertas, decenas de heridos, refriegas con la policía y cientos de detenidos?Era el último golpe para redondear un año pésimo en el "relato" kirchnerista. Lo cierto es que al rengueante modelo, calificado por la Presidenta como "de acumulación, matriz diversificada e inclusión social", se le está cayendo la última pata.La parte de la "acumulación" ya pertenece al pasado, dado que las "tasas chinas" de crecimiento ya no podrán repetirse en un escenario de baja inversión y escasez de divisas, según coinciden los economistas. Los más optimistas se animan a pronosticar un crecimiento de 4% para el año próximo, y en buena medida por el "efecto rebote" tras un año frío.

Lo de "matriz diversificada", a esta altura, suena a un mal chiste. La industria representa un 16% del PBI, una marca similar a la registrada en los denostados años '90. Y, para colmo de contradicciones, la "sojadependencia" ha llegado a su nivel máximo, tanto por los dólares que le aporta al Banco Central como por los pesos que le genera a la AFIP.Así, sólo quedaba la "inclusión social" como la última gran bandera del kirchnerismo. Pero también este punto comienza a ser desmentido por la dura realidad. No hubo "tasas chinas para todos"Las cifras de pobreza e indigencia que mide el INDEC son cuestionadas no sólo por las estadísticas paralelas de diversas consultoras y organizaciones sociales, sino por la cotidianeidad de un país donde la pobreza no logra ser disminuida a fuerza de discursos ni medidas paliativas.Los $340 de la Asignación Universal por Hijo, con apenas un ajuste anual, lucen muy exiguos para resolver problemas en un país con inflación de 25 por ciento.El tercio de la población que trabaja en el sector informal -que es, además, el de menores ingresos- es el que más sufre la inflación, al no poder protegerse con mecanismos de indexación.En un año donde, salvo los sectores sindicalizados, hubo una pérdida generalizada de poder adquisitivo, este fenómeno se sintió con más fuerza en la economía "en negro".En tanto, los 130.000 planes de trabajo y el millón de empleos públicos creados en los últimos años no alcanzan para disimular una difícil situación en la industria y en las economías regionales, que este año han visto una oleada de cierres y suspensiones de personal.La industria de la construcción -con su pérdida de 26.000 puestos desde que rige el "cepo cambiario"- y la frigorífica -con su saga de 120 establecimientos cerrados, 12.000 puestos perdidos y otros 8.000 en riesgo- son casos líderes que muestran con elocuencia cómo las políticas oficiales han llevado al deterioro del empleo en el sector de menores ingresos.Y no cunde el optimismo, precisamente, a nivel de opinión pública. En el sondeo de la Universidad Católica y Gallup, el porcentaje de argentinos que creían que había pocos puestos de trabajo había llegado a un mínimo histórico de 26% en octubre de 2011, justo cuando fue reelecta Cristina. Ahora, la cifra supera el 40% y con tendencia ascendente.Los economistas han comprobado que, a veces, más que el propio salario, lo que determina la propensión al consumo es la sensación de estabilidad en el empleo.Será por eso que las ventas han caído en los rubros estrella de los últimos años, como los autos y electrodomésticos. Y que incluso las cifras de ventas en supermercados vienen mostrando todos los meses subas menores a la inflación, es decir caídas en términos reales.Parecen situaciones contradictorias para un "modelo" que ha definido al consumo como una de sus locomotoras."El capitalismo es consumo y necesitamos más consumo", había definido la Presidenta ante un auditorio de empresarios en un viaje a Nueva York. Y aseguró que, por dura que fuera el contexto, no caería en el error de ajustar esa variable clave de la economía.Llamativamente, entre todas las cifras récord que ostentaba la Argentina, la Presidenta olvidaba mencionar, por ejemplo, al rubro de carne vacuna. Verdadero emblema nacional, el asado cayó incluso por debajo de las cifras registradas en 2002, el peor momento de la crisis. Algo que no cierraSi, como afirma el sociólogo Fernando Moiguer, "ahora la gente construye su identidad y su pertenencia mediante el consumo", entonces los saqueos vienen a demostrar que hay quienes siguen sintiéndose excluidos.Y, de un modo violento, le explican a la clase política que su discurso sobre redistribución de la riqueza no se está reflejando en la realidad."Epílogo de la Revolución Imaginaria del oral-cristinismo. Explota por las clases populares", define el siempre filoso analista Jorge Asís, para quien el Gobierno sufre ahora el efecto negativo de su propio discurso que machaca en la disminución de las desigualdades sociales.Muchos empiezan a entender a la fuerza esa lógica de la política asistencialista. Especialmente los intendentes y gobernadores, que están en contacto más directo con las zonas más afectadas por la pobreza.Allí, los gestos de ayuda que habían nacido como favores, ahora pasaron a ser una obligación a cumplir para evitar el caos. La población no los agradece como una dádiva sino que los reclama como derechos adquiridos.Y ocurrió el boomerang del populismo: en un año flojo de "caja" y donde el Ejecutivo disminuyó su asistencia a las provincias, los pagos de planes sociales se atrasaron y la donación de bolsas fue insuficiente.Políticos de la oposición están advirtiendo sobre los riesgos de negar la realidad. Como Felipe Solá, quien advierte que "alguien que cobra $1.500 por mes no puede responder a la presión de mayor consumo que viene con las fiestas, y la dignidad es tener una mesa navideña que hoy siente que no la puede tener".En tanto, Fernando "Pino" Solanas, señala que la explicación a los saqueos debe bucearse en "un problema social aún no resuelto que incluye a la pobreza estructural, las dificultades para conseguir un trabajo estable, la desigualdad y, especialmente, la situación de los 900.000 jóvenes excluidos". Readecuando el "relato"Fue evidente la perplejidad oficialista para explicar el brote de violencia. La consigna de las primeras horas pareció ser el rechazo a las comparaciones entre la situación de hoy y la de 2001.Así, Ricardo Forster, principal referente del grupo de intelectuales K "Carta Abierta", calificó como "enorme delirio" el discurso que "pretende homologar las políticas actuales con las de la década del ‘90", y arriesgó que los saqueos responden a una "profecía auto cumplida".Para Forster, los desmanes fueron "un intento de generar la tapa de hoy del diario Clarín".En la misma línea, el politólogo Artemio López asegura que si hay algo que queda al descubierto, es la "crisis de la oposición", que orquestó los incidentes en el marco de su "operación de desgaste" contra el Gobierno.En un irónico artículo, afirma que "como es casi una tradición en el país, se largaron saqueos notablemente organizados en busca de plasmas, microondas, computadoras, iPads y cualquier otro dispositivo cuya innovación tecnológica hace las delicias de los movimientos sociales".El punto del robo de electodomésticos en los saqueos está transformándose en otro debate en sí mismo. Desde una mirada opositora, los analistas han cuestionado el planteo de un Gobierno que, luego de promover el consumismo como valor social y de pregonar la existencia de bienes "para todos", ahora se asombra de que los marginales también pretendan tener un LCD."Es un argumento curioso, pre-económico. No parecen tomar en cuenta que llevarse plasmas, en principio, es llevarse la posibilidad de comer durante un mes, no durante tres días. O, incluso: llevarse la posibilidad de ver televisión en un plasma, que es lo que su sociedad les propone todo el tiempo", escribe Martín Caparrós en "El País" de Madrid."Abajo los desposeídos quieren vivir también como Boudou. Con sus motos y su impunidad. No los conforman con planes. Quieren plasmas", ironiza, por su parte, Jorge Asís.

En tanto, el filósofo Tomás Abraham responde con sarcasmo a los intelectuales K: asegura que, para ellos, los saqueos son producidos por "un universo de incluidos que no saben que lo son".

La reacción del gen kirchneristaLa reacción del kirchnerismo responde a su ADN. El negar los problemas hasta que estallan, y luego buscar un culpable ha sido una constante.Así ocurrió con la ocupación del Parque Indoamericano por miles de habitantes de las villas miseria: para el Gobierno, las culpas eran de Mauricio Macri y de instigadores de izquierda. Luego, con la tragedia de la estación Once, la culpa fue de los concesionarios privados del tren.

El colapso energético fue culpa de Repsol que no quería invertir. Y luego, de una "mano negra" que bajó la palanca en un día de mucho calor para sumir a Buenos Aires en el caos.Ahora, la culpa es de los sindicalistas ex amigos, que al decir de Juan Manuel Abal Medina, deben demostrar su inocencia.Y, también manteniendo la fidelidad al estilo K, se lanzan nuevas ofensivas que alimenten el "relato", como la nueva épica de la Rural de Palermo "recuperada"."En un día de saqueos, el Gobierno responde haciendo otro saqueo. Más que mostrar iniciativa, parece un manotazo de ahogado de alguien superado por los problemas", afirma Gustavo Lazzari, analista de la Fundación Libertad y Progreso.De todas formas, aun los analistas más identificados con el kirchnerismo debieron admitir que no todo puede ser atribuido exclusivamente a la conspiración de los opositores. Ya empiezan a percibirse intentos de adecuar el "relato" a la nueva situación. Como la de los editorialistas de los medios paraoficiales, que interpretan los saqueos como la aparición de "demandas de segunda generación" por parte de una sociedad que, ya cubiertas sus necesidades de trabajo y alimentación, ahora demandan acceso al consumo y a mejores servicios.Mientras tanto, desde su refugio en el lejano sur, Cristina se toma su tiempo para digerir los hechos, y asiste a su peor pesadilla: que en los televisores de esa Europa a la que ella fustiga, se vuelvan a ver las imágenes de argentinos vaciando góndolas y policías que, al reprimir, dejan dos muertos en las calles.

 


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