Los tres riesgos para este año

Arrancó 2013. Quienes esperaban un repunte en el nivel de actividad se sienten representados por los datos que van surgiendo. Y aquellos que vaticinaban una doble recesión también tienden a pensar que se confirman sus pronósticos. Es lógico que esto ocurra: estamos en medio de un proceso atípico para la Argentina. Atravesamos un período de estancamiento en 2012 que en el mejor de los casos se convertirá en uno de muy bajo crecimiento en 2013. Y hemos estado acostumbrados en los últimos años a alternar grandes tasas de crecimiento o enormes crisis con recesión. Extrapolar el pasado lleva entonces a unos y otros a ver señales de que volvemos a alguno de los dos extremos habituales de la Argentina.

Las cifras crudas muestran que se ha recuperado el nivel de actividad previo al de la abrupta caída del segundo trimestre de 2012. Lo que no se ha recuperado es el ritmo de crecimiento que se observó durante numerosos años de la década pasada, y en 2010 y 2011 inclusive. Entender ese fenómeno es clave: la economía se ha estancado en el pico más alto del ciclo, sin señales de recuperar el ritmo de crecimiento previo. La sucesión de errores cometidos a lo largo de los últimos años y acentuados dramáticamente desde finales de 2011, combinados con la pérdida de competitividad originada en la inflación, condenaron a muerte la posibilidad de sostener un ritmo de crecimiento acelerado.

Para salir del estancamiento y volver a crecer a tasas superiores a 3% anual hay que normalizar la economía en todos sus aspectos: monetarios, fiscales, cambiarios e institucionales. Pero como ello no va a ocurrir es interesante analizar cuáles son los factores que pueden descarrilar a la economía desde el actual estancamiento hacia una recesión.

Los tres riesgos más claros que podrían llevar a la economía desde el estancamiento a la recesión son, a nuestro entender, la posibilidad de que se produzca un default técnico de la mano de un fallo negativo para la Argentina en la causa que llevan adelante los holdouts en Nueva York. En segundo lugar, la eventualidad de que una probable aceleración inflacionaria no compensada por aumentos en los salarios condene al consumo privado a una caída, y por último, los errores que cometerá el Gobierno derivados de acciones que aún no conocemos, pero que indefectiblemente ocurrirán. Si el matemático Nassim Taleb popularizó el ejemplo de los Cisnes Negros para describir eventos altamente improbables y de mucho impacto, aquí simplemente nos referimos a los probables efectos de una bandada de Cisnes Blancos.

En relación con el primero de los riesgos, es probable que la innumerable cantidad de procesos e instancias judiciales abiertas les quiten a los bonos soberanos la presión de un desenlace inminente como la que se vivió a comienzos de diciembre. Pero justamente por la ausencia de una resolución definitiva de este proceso es probable también que el riesgo soberano se mantenga elevado y, por ende, también siga vedado el acceso al crédito del sector privado en el exterior.

El segundo riesgo que mencionamos más arriba se refiere a que se retraiga el consumo. Ello ocurriría si en el marco de una inflación que se acelera los salarios nominales no acompañan el proceso. En ese sentido, las pretensiones del Gobierno de moderar las subas para este año hasta un 20% interanual fracasarán. Intentar bajar la inflación con restricciones a las subas en los salarios, manteniendo una expansión en la cantidad de dinero de 40% anual y haciendo crecer el gasto público por encima de 30% es inviable.

Limitar la suba de salarios a 20% y no hacer nada más que ello implicaría condenar al consumo a una caída real en un año electoral. El Gobierno permitirá entonces aumentos salariales muy por encima de 20%, lo que pondrá en jaque la competitividad de las empresas y su capacidad de crear empleo. Restringir las subas salariales haría caer el consumo por la baja en los salarios reales. Permitirlas generará una caída en el empleo de la mano de la presión que produce la sobrevaluación del peso oficial. Nicho o tierra.

La tercera vía, una vez descartado un intento genuino de atacar la inflación mediante herramientas tradicionales -monetarias y fiscales- pasaría por aumentar el ritmo de devaluación hasta que iguale o supere el aumento de los precios y los salarios. Lo más probable es que termine primando esta última opción, pero sólo después de las elecciones. Sospechar que ello ocurrirá ya genera ruido hoy. Nada peor para los tenedores de pesos que tener la certeza de que su valor futuro tiene una sola dirección: hacia abajo.

Los márgenes de maniobra para mantener el statu quo han desaparecido. La carrera de precios y salarios ha llegado a un punto donde ambas variables han ido demasiado lejos medidas en dólares, y el riesgo holdouts mantendrá una tensión permanente sobre los activos argentinos, que condicionará el financiamiento de pymes y familias. Estos grupos serán desplazados del mercado de crédito local a manos de las provincias y de las empresas más grandes, a las que se les ha cerrado el financiamiento externo. Demasiados problemas para aspirar a volver a crecer a un ritmo razonable.


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