Pesebrismo, una manera diferente de esperar y vivir la navidad

Buenos Aires, 22 de diciembre (Télam).- Miles de personas en todo el mundo esperan con ansiedad las Navidades por motivos diferentes a los de la mayoría: son los pesebristas, quienes cada año buscan superarse en el arte de recrear este acontecimiento bíblico, el único cuya conmemoración da lugar al armado de un tipo particular de representación en las familias.

¿Pero qué es el pesebrismo? Se llama así al hooby, la tradición o el arte de construir pesebres, entendidos como “la representación plástica del nacimiento de Jesús mediante la disposición de un país en el que se sitúa una diversidad de figuras móviles", según definió el Segundo Congreso Belenista Internacional en 1955.

El pesebrista es tanto el aficionado que cada año trata de sorprender a su familia o vecinos con un particular despliegue, como el artesano que se dedica a la producción de nacimientos con fines de exhibición y venta.

“El pesebrista no ve la hora de que llegue diciembre para armar el pesebre, disfruta armándolo, hace cursos, va a ver los de otros para tomar ideas”, aseguró Mónica De la Rúa, miembro de la comisión directiva de la Hermandad del Santo Pesebre, una asociación dedicada al fomento y difusión de la actividad.

Los motivos del pesebrismo no se reducen al nacimiento, sino que pueden ir desde la anunciación de María hasta los 12 años de Jesús, y las creaciones “no responden a los cánones artísticos tradicionales porque la intención principal es conmover”, agregó.

“La Iglesia Católica nada manda respecto del pesebre, pero siempre lo ha difundido y sólo a él -no al arbolito, no a Papá Noel-, porque es una manera de hacer visible el evangelio”, afirmó el fraile franciscano Sebastián Robledo.

Sobre el origen de esta práctica, si bien la representación pictórica del pesebre es mucho más antigua, fue recién en 1223 que una celebración navideña incluyó el montaje de un pesebre.

Tan particular evento tuvo lugar en una gruta de Greccio, Italia, y su protagonista fue nada más ni nada menos que San Francisco de Asís. Cuentan sus biógrafos que, preocupado por experimentar la pobreza de Cristo, San Francisco decidió que su misa de Nochebuena incluiría la recreación simbólica del espacio en el que nació Jesús.

Por eso, la celebración se llevó a cabo en una cueva rocosa, el altar se montó sobre un comedero con heno y el santo dispuso que junto a él estuvieran un buey y un asno.

“Francisco de Asís nunca quiso fundar la tradición del pesebre, lo que quiso es ser lo más concreto posible en el seguimiento de Jesús: vivir radicalmente el evangelio”, explicó Robledo.

Si bien la escena no incluyó figuritas moldeadas ni actores, la sola recreación del escenario de Belén permitió consignar este acontecimiento como el precursor del pesebre tal como hoy lo entendemos.

A partir de entonces, y con más fuerza desde el siglo XV, se fue popularizando la instalación de pesebres en las Iglesias como un elemento más de evangelización. Posteriormente, la práctica se expandió a las familias aristocráticas europeas y con el tiempo llegó a los hogares populares.

En cuanto a los tipos de pesebres, los folcloristas dedicados al estudio del pesebrismo rescatan diferentes niveles de clasificación. Según la presentación del montaje, los pesebres pueden ser abiertos o cerrados; según la técnica de confección, populares o artísticos; según el estilo, bíblicos, locales, regionales o modernos; según los personajes, tradicionales o vivientes (con actores).

“En Argentina el movimiento es diferente que en Europa. Los pesebres europeos hacen hincapié en el paisaje mientras que en Argentina lo hacemos en las figuras y por eso son abiertos”, aseguró De la Rúa.

La ductilidad del pesebre para la “inculturación” o encarnación del evangelio en las culturas autóctonas ha permitido a los pesebristas incorporar estilos locales y elementos autóctonos.

“Todo el Evangelio busca inculturarse, hacerse carne en todo tiempo y lugar, por eso vas a encontrar representaciones de Jesús con rasgos andinos u orientales”, aseguró Robledo.

“En los pesebres argentinos no hay ningún camello, sino llamas y vicuñas; los personajes visten ropas típicas y las ofrendas no son oro, incienso y mirra sino huevos de avestruz, ponchos o quillangos”, explicó De la Rúa.

El movimiento de artesanos pesebristas se concentra fundamentalmente en las provincias del norte argentino, en particular en la localidad jujeña de Purmamarca, conocido como “Pueblo de Pesebres” por la cantidad de talleres de alfarería dedicados a la factura de este tipo de arte popular.

A la difusión de este arte popular se dedica la Hermandad del Santo Pesebre, una entidad que forma parte de las Asociaciones de fieles laicos del Arzobispado y es miembro de la Federación Mundial de Amigos de la Natividad (UN-FOE-PRAE), con sede en Roma.

Actualmente, y organizado por ella, está en exposición la muestra de pesebres de artesano del NOA "Achalay mi niño" en el Museo de Arte Popular José Hernández. (Télam).- maa-mcl-gel 22/12/2012 10:24


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