El kirchnerismo y el "caso Darín": por qué el debate político se mudó de los lugares tradicionales al mundo del espectáculo

Algunos podrán poner en tela de juicio si Cristina Kirchner es, como a ella le gusta autocalificarse, una "abogada exitosa".

Pero sin dudas ha dado muestras de tener claro uno de los primeros conceptos que aprenden los estudiantes de Derecho: la diferencia entre la sanción jurídica y la sanción moral.

Y su razonamiento parece ser el siguiente: si hay una denuncia por enriquecimiento ilícito que proviene de un político de la oposición, el único riesgo que se corre es jurídico. En consecuencia, enfoca todas sus fuerzas en ese plano para conseguir que las causas caigan por falta de pruebas o que los acusados sean sobreseídos.

Eso es lo que ocurrió en tres oportunidades en los últimos años. Con la victoria a nivel judicial, el matrimonio Kirchner se daba por satisfecho, y ni siquiera se molestaba en contestar las acusaciones provenientes desde el ámbito político, como las formuladas por la diputada Elisa Carrió.

En cambio, si las críticas provenían de alguna personalidad popular y prestigiosa, no un dirigente político sino una "celebrity" del mundillo artístico, deportivo o periodístico, ahí el reflejo kirchnerista era diferente: lo que estaba en juego no era la batalla en los tribunales sino la sanción moral.

"El kirchnerismo entendió muy bien la importancia de los famosos en el debate de hoy y su capacidad para transformarse en líderes de opinión. Por eso, como han hecho otros gobiernos a lo largo de la historia, se han esforzado por seducir a ese ambiente y tratar de mantenerlos alineados políticamente", señala Diego Dillenberger, experto en comunicación política.

Y los hechos parecen darle la razón. Por ejemplo, cuando Néstor Kirchner, después de haber ignorado decenas de acusaciones desde el ámbito político, decidió contestar con una misiva personal al periodista Víctor Hugo Morales, quien desde su espacio radial había planteado dudas respecto del crecimiento del patrimonio del ex presidente que, además, era acusado de hacer maniobras especulativas con la cotización del dólar.

Recién ahí Kirchner sintió que era necesario dar explicaciones, y lo hizo a pesar de que anteriormente había sido sobreseído en una de las causas. En un e-mail enviado al locutor deportivo, publicado a comienzos de 2010, Kirchner explicó que había comprado dólares (dos millones, más concretamente) para adquirir el hotel Alto Calafate y negaba cualquier intento de enriquecimiento ilícito.

No fue la única vez que quedó en evidencia la influencia de Víctor Hugo sobre el kirchnerismo: el año pasado, en plena polémica por el "cepo cambiario", la Presidenta tomó nota de su reclamo para que los funcionarios pesificaran sus plazos fijos en dólares.

A esa altura, Víctor Hugo ya había trascendido largamente su condición de relator deportivo para convertirse en referente para el sector "progresista" de la sociedad argentina, que marcaba un límite sobre hasta dónde podía llegar el Gobierno.

Cuando él manifiesta una disidencia, en las filas kirchneristas saben que se está expresando un malestar de una importante porción del electorado K: no la del peronista clásico, sino ese público de ideología centro-izquierda, de alto nivel educativo y deseoso de ver a la gestión de Cristina Kirchner como una revolución en marcha.

Por eso, Cristina entendió el mensaje. Hasta para los kirchneristas más fanáticos se hacía difícil de justificar y defender un llamado a librar la "batalla cultural" en contra de la dolarización cuando los propios funcionarios declaraban tener sus ahorros en moneda estadounidense.

Otro sonado caso en el que un artista acaparó protagonismo político había sido el de Fito Páez durante la campaña electoral porteña.

El cantante rosarino provocó el revuelo que no lograron otros dirigentes políticos al firmar un duro artículo en el que afirmaba que "da asco" la mitad de Buenos Aires.

Más específicamente, la mitad que votó a Mauricio Macri para reelegirlo como intendente porteño.

El texto había puesto en palabras lo que el kircherismo pensaba sobre el actual jefe de Gobierno de la Ciudad: que es un resabio de la cultura menemista, que no oculta su nostalgia por los años de neoliberalismo y que cultiva con descaro una estética "tinelliana" que ofende por su frivolidad.

Las afirmaciones de Páez eclipsaron por completo el debate electoral, al punto que se habló mucho más del músico que del candidato oficialista Daniel Filmus.

El nuevo escenario del debateCon esos antecedentes, no debería haber tantos motivos para asombrarse por el hecho de que Cristina Kirchner, después de haber ignorado críticas y denuncias de los dirigentes de la oposición, se haya tomado tan en serio la sospecha esbozada por Ricardo Darín.

Sin embargo, las opiniones desde la clase política apuntaron a una "reacción desmesurada" en relación a la carta escrita por la Presidenta con la que le respondió al multipremiado actor.

Para los políticos, al elegir mantener polémicas con celebridades del espectáculo, lo que hace Cristina es eludir los debates de fondo.

Como Ernesto Sanz, senador de la Unión Cívica Radical, quien considera la actitud de la Presidenta como un intento de "instalar temas de debate que no son esenciales para la Argentina".

"Podrán ser importantes en la anécdota pero no son sustanciales porque hay una intención deliberada de ocultar debajo de la alfombra problemas muy severos de gestión", declaró el dirigente radical.

Las polémicas también llegaron por la nueva afición de Cristina por marcar la agenda pública desde las redes sociales, algo que algunos celebran como parte de la forma moderna de hacer política y otros ven como algo impropio del cargo presidencial.

Entre los críticos figura Ricardo Alfonsín, ex candidato por la UCR, quien le pidió a la Presidenta que "deje de apelar al atril y a los tweets y permita que se pongan en marcha las instancias institucionales de control de la Justicia".

Pero los analistas creen que los dirigentes opositores olvidan un punto fundamental: el debate político en la Argentina de hoy dejó de transitar los carriles tradicionales del Congreso, las asambleas partidarias y los espacios políticos periodísticos.

Y no sólo eso, sino que cada vez más los protagonistas del ámbito artístico parecen "invadir" esos espacios de la política tradicional.

Es materia de polémica si esto es un síntoma de decadencia en el debate público argentino o si, por el contrario, puede ser un signo de que los grandes temas nacionales no son patrimonio exclusivo de los políticos profesionales.

Pero lo que los analistas creen es que el Gobierno no está desacertado cuando elige la estrategia comunicacional de darle más entidad a las "celebrities" que a la oposición.

"Lo que queda en evidencia, una vez más, es la incapacidad de los partidos opositores para instalar el debate y marcar la agenda de discusión pública. El senador Sanz, más que quejarse de que Cristina polemiza con Darín, debería preguntarse por qué él no logra ocupar ese rol central", argumenta Dillenberger.

En tanto, el director del Centro de Investigaciones Políticas, Marcos Novaro, señala que para Cristina estas polémicas le permiten ubicarse en el lugar de víctima, algo que ella siente que le reditúa políticamente.

"Para los Kirchner siempre fue un buen negocio también simular debilidad: les ha permitido ponerse del lado del pueblo llano y presentar a sus enemigos como superpoderes ilimitados, abusivos, a los que se justifica atacar con cualquier medio a la mano", señala Novaro.

Desde su punto de vista, la carta de Cristina a Darín reedita esa estrategia. Sobre todo en el párrafo donde, no sin ironía, la Presidenta le recuerda al actor cómo ella ha sido objeto de insultos en las manifestaciones opositoras: "¿Nunca vio alguna? Seguro que sus múltiples ocupaciones y compromisos propios de un artista exitoso le restan tiempo para una observación más completa de la realidad".

Para Novaro, con esa frase, "Cristina pinta su situación con los colores de la desolación y la debilidad, como si estuviera lidiando con una caterva de desalmados que no se detienen ante nada para destruirla".

¿Un efecto boomerang?Lo cierto es que el esfuerzo kirchnerista por seducir al mundo artístico ha sido intenso, y no ha escatimado recursos, ni económicos ni propagandísticos.

Ya se ha transformado en costumbre la presencia de actores y cantantes entre el público invitado a la Casa Rosada para escuchar anuncios importantes en materia económica.

Muchos de ellos, beneficiados por financiaciones públicas para proyectos artísticos, sea en televisión o en los múltiples festivales organizados por el Gobierno. Por ello, los decibeles de la polémica han aumentado, ya que para muchos no queda claro hasta dónde esas muestras de entusiasmo y apoyo oficialista son genuinas o están vinculadas a la obtención de algún favor o rédito económico.

Por lo pronto, la consecuencia que se está notando es la de una polarización en el ámbito artístico, como está quedando en evidencia tras el "caso Darín".

"Los artistas se tienen que comprometer con su trabajo a través del arte y no ir a gritar o aplaudir a actos políticos", afirmó Antonio Gasalla, uno de los que se alinearon con Darín.

La polarización, lejos de ser vista como algo negativo, parece estar en línea con una estrategia de comunicación que el kirchnerismo viene cultivando en los últimos tiempos, algunos dicen que al influjo del filósofo Ernesto Laclau.

"Para Cristina, gobernar es polarizar: es una dialéctica de extremos, de opuestos", afirma el politólogo Enrique Zuleta Puceiro, quien destaca la capacidad del kirchnerismo por recuperarse de sus traspiés por la vía de generar hechos de alto impacto que además descolocan a la oposición.

A juzgar por las expresiones de personalidades afines al Gobierno, hay una sensación de que la "polémica Darín" también terminará siendo beneficiosa por la vía de ahondar esa división.

En el programa "6,7,8", el periodista Jorge Diorio dijo que el actor "probablemente no sepa que es opositor, pero en buena hora se lo comunicaremos".

Sin embargo, en este punto es donde los analistas creen que la Presidenta está cometiendo un error. Al confrontar con Darín, un actor popular y con prestigio internacional, puede perder adhesión de parte del público independiente y sólo quedarse con el apoyo de su "núcleo duro".

"Me parece que, a diferencia de otras veces, en que supo seducir a los artistas, ahora se equivocó fiero. El problema de Cristina es que cuando alguien le plantea una crítica, pretende actuar de la misma manera que hizo con los medios de comunicación, es decir, trata de silenciarlos en vez de persuadirlos", analiza Dillenberger.

El hecho de haberle recordado a Darín sus pasados problemas con la Justicia trajo a la memoria otros episodios similares, donde se expuso al escarnio público a empresarios que criticaban la política económica.

Se trata de una estrategia de doble filo, ya que por un lado puede resultar efectiva en hacer que otros piensen dos veces antes de hacer pública su postura crítica pero, por otro lado, deja una desagradable sensación de amenaza velada.

Como dijo el constitucionalista Eduardo Barcesat, también invitado en "6,7,8", tal vez la principal conclusión que haya que sacar del caso Darín es: "No te metas con un abogada piola".


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