Inflación y cepo, un cóctel con aroma adéjà-vu

Inflación, atraso cambiario, tipo de cambio paralelo y riesgo país parecían temas que estaban destinados al zaguán de los recuerdos. Sin embargo, hoy retomaron vigencia, han pasado a ser el centro de las preocupaciones de la economía argentina y ya afectan seriamente el crecimiento y la inversión.

Detrás de gran parte de estos problemas está el hecho de que el Gobierno toleró la inflación durante muchos años y minimizó los efectos perjudiciales que tendría, que generalmente no se ven inmediatamente y sólo salen a la luz después de algunos años.

Esta tolerancia tal vez estuvo fundamentada en teorías económicas de los años sesenta que argumentaban que una tasa de inflación más alta ayudaba a bajar la tasa de desempleo (la llamada curva de Phillips). Más adelante se demostró que estas teorías eran erróneas, ya que aumentos en la tasa de inflación en el mejor de los casos sólo pueden bajar el desempleo por un período corto.

Lo que ha ocurrido es que el largo plazo ha llegado a la Argentina y que la inflación lejos de ayudar a bajar la tasa de desempleo empieza a tener efectos negativos sobre el crecimiento y el empleo (ver artículo de Federico Sturzenegger de la semana pasada).

El primer síntoma de que el largo plazo ya llegó es el atraso cambiario, que empezó a hacerse evidente hacia fines de 2011 y que llevó a que aparecieran temores a una devaluación y a un aumento en la compra de dólares. El problema surgió como resultado de muchos años en los que los precios y los salarios subían por ascensor y el tipo de cambio por escalera. Ese proceso en algún momento tenía que hacer eclosión y coincidió con el período electoral.

El Gobierno respondió con la introducción de estrictos controles cambiarios, el llamado cepo, con el argumento de que si no fuera por los controles iba a haber una fuerte caída en las reservas internacionales, lo cual era cierto, ya que sin controles y sin depreciación las reservas del Banco Central, sin duda, iban a caer.

Por supuesto que los controles cambiarios no eran la única alternativa. Se podría haber hecho lo que hicieron otros países de la región cuando enfrentaron presiones cambiarias similares o lo que hizo la Argentina frente a la crisis financiera internacional en 2008; o sea, acelerar la tasa de devaluación y mantener algo más altas las tasas de interés. Pero esa alternativa fue desechada y se optó por los controles, que con el tiempo fueron cada vez más restrictivos y que no han podido evitar una caída en las reservas internacionales.

El camino a una brecha cambiaria

Inicialmente, generaron alivio y lograron por un tiempo frenar el drenaje de divisas, pero también abrieron una brecha entre los tipos de cambio oficial y paralelo que fue aumentando a lo largo del tiempo y que recientemente llegó a casi 60 por ciento.

El aumento en la brecha cambiaria se explica en gran parte porque los controles permitieron una mayor emisión monetaria, ya que los pesos que se emitieron a partir de ese momento no generaban una caída en las reservas. Se creó una especie de corralito en el que los pesos quedaban atrapados en la economía y que, por lo tanto, buscaban refugio en bienes o en activos financieros (principalmente dólares). O sea, la mayor demanda de dólares se equilibraba a través del precio (tipo de cambio paralelo) y no de las cantidades (reservas internacionales).

El gran problema ha sido la emisión monetaria, que hoy aumenta a una tasa de casi el 40% anual. Esa suba en la cantidad de dinero no sólo afecta al tipo de cambio paralelo, sino que también tiene un efecto en los precios.

Éste es un segundo síntoma de que el largo plazo ya llegó. Mientras había capacidad ociosa en la economía, las políticas de estimulo de la demanda (como la emisión monetaria) tenían un efecto positivo sobre el nivel de actividad y el empleo, aunque también algún impacto en los precios. Pero una vez que los cuellos de botella comenzaron a extenderse a más y más sectores de la economía la mayor emisión ya no tenía éxito en expandir el nivel de actividad y en su lugar sólo fogoneaba la inflación. Queda claro que la situación económica hoy es compleja, y la gran pregunta es cómo se puede seguir esta película.

La respuesta va a depender en gran medida de la política económica. Si no hay un cambio en la política monetaria cuesta pensar que puede caer la brecha cambiaria o la inflación. El argumento de que la suba del tipo de cambio paralelo se debió a factores estacionales va perdiendo fuerza a medida de que pasan los días y la brecha no se achica. El problema parece estar en otro lado.

En cuanto a la inflación, todo indica que va a ser difícil frenarla si la cantidad de dinero crece 40% anual. De hecho, no hace falta más que mirar la historia de los planes Austral o Primavera para comprender que políticas aisladas como el control de precios no alcanzan para frenar la inflación.

Para quienes estudiamos la economía argentina de los años setenta y ochenta, la coyuntura actual tiene un sabor a déjà- vu. El tiempo dirá si, como dice el título del libro de Reihnhart y Rogoff, esta vez es diferente.


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