Inflación: adicción

Las razones de la inflación argentina fueron muchas y cambiantes: la bienvenida recuperación del salario, la inflación mundial de alimentos y energía, el crecimiento de la demanda por encima de la oferta. Y, por último, la profecía autocumplida de que la variación de precios será mañana igual o mayor que la de ayer, lo que incorpora la inflación pasada en la fijación de precios, reproduciéndola y convalidando expectativas. Esta inercia inflacionaria explica el 26% de 2012, un año sin aumento de salario real ni inflación global ni recalentamiento local.

Pero la inercia tiene en la actualidad otro argumento, más político: el extravío del superávit fiscal, sin el cual el Gobierno depende cada vez más de las transferencias del Banco Central.

Mucho se discute si la inflación es o no una consecuencia de la emisión de dinero ("inflación monetaria", según dicen los críticos) o si, por el contrario, la emisión es consecuencia de la inflación ("emisión endógena", responde el Banco Central). En la práctica, identificar la causalidad entre inflación y emisión es como el problema del huevo y la gallina. ¿La inflación de 2012 fue de 26% porque el Banco Central emitió pesos a un ritmo del 40% para financiar al Gobierno o se emitió al 40% porque una emisión menor habría elevado las tasas y provocado una recesión?

Por suerte, no hace falta adentrarse en arduas discusiones semánticas para abordar el tema que nos ocupa: después de todo, intentar bajar la inflación inercial con un shock monetario sería económica (y socialmente) costoso e ineficiente.

Pero, puestos a especular, ¿cuántos ingresos perdería el Gobierno si en 2013 lanzara un índice de precios al consumidor (IPC) creíble, instruyera a su banco central a preparar un programa monetario con un rango de inflación centrado, digamos, en 13%, y coordinara con éxito precios y salarios alrededor dentro de rango?

En 2011, el Tesoro Nacional le pasó al Banco Central las siguientes facturas: 21.000 millones de pesos por préstamos (el incremento del stock de "adelantos transitorios"); 10.500 millones por transferencias de las utilidades de 2010 (el superávit "cuasifiscal") y 9600 millones de dólares por transferencia de reservas. Las primeras dos implican emisión de pesos hoy; las reservas son emisión de ayer (los pesos emitidos para comprarlas). Así, el Banco Central se hizo cargo nada menos que del 16,9% del gasto primario del Gobierno.

Para 2012, tras la aprobación de la nueva Carta Orgánica del Banco Central, las facturas del Tesoro subieron: 60.600 millones de pesos por préstamos, 7700 millones de pesos por utilidades de 2011 y 7600 millones de dólares por reservas. O sea, 20% del gasto. Para 2013 se estiman hasta 55.000 millones de pesos de préstamos, 37.000 millones de pesos de utilidades de 2012 y 8000 millones de dólares de reservas (estas últimas, incluidas en el presupuesto). Cuánto del gasto financiará el Banco Central con emisión dependerá, entre otras cosas, de cuánto demande el paquete de estímulo electoral de marzo. Pero difícilmente esté por debajo del de 2012.

La dinámica ascendente del financiamiento del Banco Central sigue una lógica peligrosamente circular. Los adelantos tienen un techo deslizante calculado sobre la base de la emisión monetaria y a la recaudación de los últimos 12 meses, ambas crecientes con la inflación.

Reflejo de la depreciación oficial

Por su parte, las utilidades reflejan la depreciación oficial, que captura el aumento en pesos de los activos dolarizados del Banco Central: no sólo el de las reservas, sino también el de las letras intransferibles que el Tesoro le coloca al Central cada vez que le saca reservas. Más simple: el Banco Central gana activos dolarizados aunque pierda reservas, y transfiere utilidades contables. Dinero del Estanciero.

Al final del círculo, la inflación pasada justifica un dólar más alto y eleva el techo de los préstamos y las utilidades. El Banco Central gira estos adelantos y utilidades al Gobierno emitiendo más pesos y generando más inflación. Y así de vuelta al comienzo.

Invirtiendo esta dinámica (yendo para atrás), y asumiendo que las cantidades nominales (emisión, recaudación, tipo de cambio) se mueven con la inflación, reducir la inflación a la mitad implicaría "perder" la mitad de los adelantos de 2013 (y de las utilidades a transferir en 2014). Una merma de ingresos que, en una situación normal, sería financiada con un mix de crecimiento (más recaudación) y capital privado (incluyendo el refinanciamiento parcial del servicio de deuda), pero que en nuestro caso obligaría al Gobierno a revisar el subsidio al aire acondicionado o la cuenta del Fútbol para Todos.

Por eso, a menos que encuentre formas más sanas de financiamiento, es improbable que el Gobierno se recupere de su adicción a la inflación.


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