Guerra de monedas: Europa le apunta a Japón

La guerra de monedas es una guerra de palabras. Ayer, un comunicado del G-7 negó su existencia y, al hacerlo, paradójicamente, acreditó un pico de tensión. ¿Cuál es la incomodidad? El texto oficial, en principio, no reconoce problema alguno. Los firmantes ratificaron su compromiso con los tipos de cambios determinados libremente por los mercados. Y reafirmaron la voluntad de guiar sus políticas monetarias y fiscales en función de objetivos internos y a través de la utilización de instrumentos internos, y sin perseguir ningún objetivo de tipo de cambio. Entonces, ¿a santo de qué, fuera de agenda, surgió la declaración?

La piedra no está en el comunicado, pero sí en el zapato del G-7. ¿Alguien pensó en Japón? Taro Aso, el ministro de Finanzas, no se siente el destinatario. Más bien, señaló, las palabras del G-7 son un reconocimiento de que los esfuerzos del flamante primer ministro Shinzo Abe por erradicar la deflación de su país no suponen una manipulación del tipo de cambio. Eso sí: ni Aso ni nadie pueden negar la abrupta caída del yen que ocurrió como consecuencia del viraje hacia políticas muy agresivas de estímulo. Y que ello se produjera sí fue tema de campaña. Bastó conocer la oratoria del ministro nipón para que se filtraran "off the record" oportunas aclaraciones de funcionarios del G-7. Una garganta profunda admitió que la preocupación soterrada estriba en "los movimientos excesivos del yen". La prédica oficial del G-7 santifica los tipos de cambios libres, pero critica los episodios en los que se detecta "excesiva volatilidad". La fuente se lamentó de que el comunicado fuera "mal interpretado". Lo cual, dicho sea de paso, hubiera sido sencillo de evitar llamando las cosas por su nombre. Empero, no es la costumbre cuando la situación es enojosa. Y antes de evaporarse dejó un último recado: el "manejo unilateral" del yen estará en la palestra en la próxima reunión del G-20.

Es comprensible que Japón sea el problema. El liderazgo de Abe está basado en una "blitzkrieg" de políticas audaces que no deja títere con cabeza. Su predicamento interno se multiplicó desde noviembre. Y provoca un boom de expectativas en Japón. No está de más comenzar a marcarle la cancha antes que se trepe a un pedestal de bronce y sea más traumático bajarlo. El aviso del G-7 es un recordatorio de que, en la arena internacional, Abe ya juega al borde del "off side" y si pretende avanzar más, chocará con un arbitraje que no será tan permisivo con las reglas como en un comienzo.

Como no todos calzan la misma horma, la piedra molesta más a unos que a otros. Con nombre y apellido, un funcionario del Tesoro de EE.UU., Lael Brainard, ayer, dejó saber que, aunque las devaluaciones competitivas deben ser evitadas. "Washington apoya los esfuerzos de Tokio por vigorizar la economía y acabar con la deflación". A buen entendedor, sobran palabras: es Europa la que pegó el grito en el cielo. Recuérdense los dichos del presidente Hollande, de Francia, cuando exigió, la semana pasada, que la eurozona tuviera una "política cambiaria para proteger el euro" (un horror, desde ya, según los prístinos mandamientos del G-7). O, los del muy pulcro Mario Draghi, quien afirmó que el BCE examinaría los efectos de la apreciación del euro sobre las condiciones de estabilidad de la región. Corolario: la semana pasada, Europa dijo basta. Y ayer obtuvo la solidaridad escrita de sus pares del G-7 ex Japón.

El mensaje no es sólo para Shinzo Abe (o para el futuro titular del Banco de Japón). Los mercados deberían tomar nota de que el arbitraje "largo el euro y corto el yen" ya no cuenta con el favor oficial. Tampoco goza de su desinterés. Entiéndase bien: el G-7 no abrió aún el paraguas de una posible intervención. Confía en que alcanzará con esta sugerencia entrelíneas para desactivarlo.

La guerra de monedas es así. Mucho se habla, está de moda en estos días, mas se combate sólo en forma esporádica. Largamente anunciada, toda su estridencia proviene de fuegos de artificio. Dado el contexto de una crisis tenaz, es como la tercera guerra mundial después de Yalta: una posibilidad no desdeñable. Sin embargo, el tiempo pasa, y los incidentes que se le imputan jamás escalan. A su manera, es como la Guerra Fría, un trasfondo de hostilidad latente que no traspasa los límites de la prudencia. La cooperación internacional se ha dado mañas para conjurarla. ¿Será que el Japón de Abe se atreve a romper el fuego? Poco lograría sin el visto bueno de Washington. Y no necesita perseguir una meta cambiaria. Abe es un creativo. Ayer su ministro de economía blanqueó un objetivo bursátil: que el Nikkei, que ya trepó el 30% desde su triunfo en las urnas en noviembre, avance otro 17% para alcanzar un valor de 13 mil puntos hacia fines de marzo. Así mantendrá la llama del entusiasmo y no molestaré a nadie.


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