El Gobierno ya "palpita la previa" del 8N: las cacerolas vuelven a ganar la calle y el "ruido" se instala en la agenda política

Está todo listo, como sucede antes de los grandes eventos deportivos. 

Los partidarios de cada bando recalentaron el ambiente con declaraciones "chicaneras"; los medios de comunicación planificaron cuidadosamente su logística para cubrir el hecho desde todos los ángulos sin verse desbordados; y la gente organizó sus agendas para ocupar su lugar, ya sea en el centro de la protesta o en la "tribuna" de enfrente, siguiendo los acontecimientos por TV.

Así son las horas previas al 8N, que guarda muchas diferencias con su antecesor histórico, el 13S, cuando se realizó el primer "cacerolazo" convocado desde las redes sociales vía Internet.

Aquella experiencia había tomado por sorpresa a todos, tanto a los que la repudiaron como a quienes la festejaron.

El día de esa manifestación casi no hubo información previa en los medios, Clarín y TN incluidos, que recién comenzaron a cubrirla profusamente cuando ya era evidente que la protesta era masiva.

Y, sobre todo, había resultado obvio el estupor del Gobierno, que a priori no había creído que se pudiera superar en convocatoria a las pequeñas movilizaciones que habían ocurrido anteriormente en esquinas emblemáticas de la zona norte porteña, como Callao y Santa Fe o Cabildo y Juramento.

El desconcierto del lado oficialista se hizo evidente en los súbitos cambios de tono por parte de los funcionarios kirchneristas, que oscilaron entre un discurso conciliador y la estigmatización del evento, como llamarlo "la marcha del odio" organizada por individuos egoístas enojados por no poder comprar dólares.

Muchas cosas cambiaron desde aquel día. Empezando por la desaparición del efecto sorpresa y por la seriedad con la que ahora todos los actores políticos toman y analizan el fenómeno.

"Para ponerlo en términos deportivos, esto es como cuando un equipo chico, jugando de visitante, sorpresivamente le gana por dos goles a un equipo grande. Al segundo partido, el grande ya no lo puede volver a ‘ningunear' más. Podrá haber alguna chicana, pero es inevitable que le sienta cierto respeto", afirma Gustavo Lazzari, economista de la Fundación Libertad y Progreso.

Los hechos parecen darle la razón en ese punto: el Gobierno, a diferencia de lo ocurrido en el primer "cacerolazo", estableció una estrategia comunicativa para los días previos.

Mientras la Presidenta evitaba hacer referencias explícitas y se mostraba "gestionando" -con una agenda cargada con actos vinculados a la inversión y a la educación-, las principales espadas mediáticas del kirchnerismo salieron al ruedo a dar su visión sobre la convocatoria, en un intento de llegarle al grupo de "indecisos" que dudan sobre si concurrir o no.

Para Lazzari, que asistió desde cerca a la génesis del movimiento, ya se está cumpliendo uno de los objetivos fundamentales de la protesta.

"A mí no me preocupa el hecho de que esta marcha no se transforme en un movimiento político que pueda competir con Cristina en las urnas. No fue para eso que nació, sino para ponerle un límite al avance del Ejecutivo sobre los derechos civiles. Y creo que ya se está viendo cierta moderación, tanto en las declaraciones como en las medidas", afirma.

El tiempo dirá hasta dónde esa percepción sobre la "moderación" es real o se queda apenas en una expresión de deseo. Pero lo que sí es indudable es que el Gobierno ya no puede ignorar la existencia de una fuerte corriente social que cuestiona sus medidas y su estilo.

Y que aparece confirmado en las encuestas de opinión pública. Como observa Luis Costa, ejecutivo de Ipsos Mora y Araujo, "se puede hablar de un derrumbe en la aprobación de la gestión económica del Gobierno, ya que era del 54% hace un año y ahora cayó al 36%".

Para este analista, no resulta contradictorio el hecho de que otro sondeo de su autoría marque un rotundo 80% de apoyo a la participación del Estado en los servicios públicos.

"No descartaría que muchos de los caceroleros del 8N convaliden fervientemente la expropiación de YPF. Hay un clima de época que lleva a que la gente vea con simpatía un mayor control estatal", expresa Costa.

Pero aclara que "el Gobierno no debe confundir eso con un apoyo integral a su política. Cuando el salario pierde frente a la inflación, es inevitable que aparezcan los cuestionamientos".

Y, para probar su argumento, indica que la suba de precios, que hace tres años era mencionada como un problema sólo por el 10% de la población, hoy tiene un 45% de menciones.

¿El kirchnerismo agrandó al 8N?De todas formas, si algo quedó en claro tras la primera manifestación es que el movimiento es heterogéneo, de manera tal que mientras para algunos el motivo de enojo es político -con foco en el proyecto reeleccionista, la corrupción administrativa o la manipulación del Indec-, para otros la motivación está fundada en situaciones que tocan la vida cotidiana, como la ola delictiva o las dificultades para la compra de dólares.

Según cómo se lo analice, en esa heterogeneidad puede residir la principal fortaleza de la convocatoria o su mayor debilidad.

Por un lado, es cierto que este movimiento difícilmente pueda evolucionar de tal forma que represente un desafío electoral para el Gobierno. Pero, por otra parte, se hace difícil responderle.

Así lo nota Jorge Asís, ex funcionario y agudo analista político, para quien el Ejecutivo ha errado al adoptar un tono agresivo ante los manifestantes.

"Estas manifestaciones exceden al oficialismo, entonces en el ánimo de menoscabarlas y desfigurarlas, lo que han hecho los defensores del cristinismo no es otra cosa que agigantar al 8N", afirma Asís.

Desde su óptica, lo que ha quedado en evidencia es que el nivel de indignación civil es tan elevado que ha superado tanto a los organizadores de la movilización como al Gobierno.

"Va a ser impresionante, va a haber muchísima gente. Y si bien es posible que exista alguna expresión autoritaria, será algo marginal. Los kirchneristas se equivocan al decir que es una marcha del odio o que todos los manifestantes son racistas", agrega.

Su comentario hace alusión a las frases que en los últimos días han pronunciado dirigentes oficialistas, en un intento por denostar a los manifestantes. Luis D'Elía, fiel a su estilo polémico, disparó las expresiones más duras, sin dudar en calificar como "tilingos" y "golpistas" a los caceroleros.

También el ex jefe de gabinete, Aníbal Fernández, insinuó la existencia de un ánimo destituyente, al afirmar que, entre bambalinas, se esconden los verdaderos organizadores de la marcha, incluyendo a "la Sociedad Rural y viejos remanentes de lo que fuera el golpe militar, ligado a lo más rancio de la extrema derecha de la Argentina".

En tanto, Ernesto Laclau, frecuentemente identificado como el intelectual preferido del kircherismo, e ideólogo de la confrontación como estrategia política, califica la manifestación como "la expresión del malestar de una Argentina que está muriendo".

Ante las críticas, una agenda protagónicaNo está del todo claro si este tipo de declaraciones están pensadas para consumo de la "propia tropa", que necesita argumentos a la hora del debate, o si realmente se busca disminuir la concurrencia al acto con estos dichos.

En todo caso, lo que sí resulta evidente es que Cristina ha elegido no hablar personalmente de la manifestación, salvo por algunas alusiones indirectas.

En esta semana, la Presidenta volvió a mencionar el incremento del turismo al exterior, en un intento por minimizar la queja por el "cepo" cambiario.

Además, como respuesta a los "economistas lenguaraces", destacó el aumento de las importaciones y presentó un proyecto de inversión industrial.

En otro acto, donde lanzó un programa de becas para formar ingenieros, volvió a aludir a la educación pública como vía para la movilidad social ascendente.

Fue el recordatorio de uno de sus argumentos preferidos: que un sector de la clase media, después de haber ascendido gracias a la ayuda del Estado, se torna egoísta y cuestiona esas mismas políticas que la ayudó a avanzar.

Entre los intelectuales K hubo quienes articularon más explícitamente ese argumento. Como Ricardo Forster, uno de los referentes de "Carta Abierta", quien percibe entre los manifestantes "un cuentapropismo moral, donde si les va bien es por virtudes que les son propias, pero si les va mal es por culpa de otros".

"Van perdiendo la memoria de lo que pasó antes. Mientras que en 2001 mandaban a sus hijos al exterior, hoy realizan su vida en la Argentina, pueden viajar, tienen capacidad de ahorro", señala Forster.

Pero los analistas son escépticos sobre que este argumento tenga llegada a los "indignados" de clase media.

"El Gobierno no va a poder revertir una sensación de malestar en la clase media-alta, porque siente que la ‘sintonía fina' del modelo los ha tomado a ellos como variable de ajuste. Y lo sienten en decisiones como los controles cambiarios. En ese contexto, este enojo no va a permitir un reconocimiento de las políticas de los últimos años", sostiene Julio Burdman, director de la consultora Analytica.

También Ricardo Rouvier, un analista de opinión pública más cercano a las posturas oficiales, cree que el Ejecutivo no debería enfatizar en la "ingratitud" de la clase media.

"La opinión pública es un sujeto de muy corto plazo, el ánimo puede cambiar en cualquier momento. Y la gente toma sus decisiones en función de lo que cree que va a pasar en el futuro, sin tanta reflexión sobre lo que pasó".

De todas formas, considera acertada la estrategia de la Presidenta en los días previos al 8N.

"Si tuviera que darle un consejo, le diría que continuara con estas políticas activas. Una de las virtudes del kirchnerismo es que, en los peores momentos, se mantiene en el centro del ring", afirma Rouvier, para quien otro acierto de Cristina fue haber desactivado las propuestas de "contramarchas" oficialistas.

Desde los organizadores del acto, no parece haber gran preocupación por el tono de las críticas oficialistas. Más bien, los motivos de inquietud pasan por el hecho de que no haya manifestaciones agresivas.

"En una convocatoria de miles de personas, es casi inevitable que haya insultos o alguna consigna desubicada. Se insistió mucho en los últimos días para evitar las agresiones y se tratará de que no se propaguen esas consignas durante el 8N", señala Gustavo Lazzari.

La espontaneidad, nuevo valor socialHay otra consecuencia importante de estos cacerolazos, que recién empieza a ser estudiada tanto por los analistas como por los dirigentes partidarios: el nacimiento de Internet como un importante campo de batalla política.

Es así que en los últimos días, una de las preocupaciones de los funcionarios ha sido el "desenmascaramiento" de la verdadera organización del 8N.

Así, circuló en las redes sociales una investigación de "Documentos Militantes", un grupo K, donde con un complicado organigrama se explicaba que los blogueros que lideran la convocatoria están ligados a fundaciones liberales, a medios de comunicación críticos del Gobierno y a un sector de la oposición política.

Desde la vereda opuesta, hubo denuncias en el sentido de que "cibermilitantes K" intentaron "hackear" los sitios que llamaban al 8N, mediante denuncias en Facebook que tenían el efecto de que hubiera cuentas dadas de baja.

Y la diputada Patricia Bullrich denunció que el Gobierno usó dineros públicos para contratar la agencia de publicidad de Jorge Schusseim para armar la contracampaña viral "8N: Yo no voy".

Curiosamente, las peores acusaciones desde ambos lados apuntaban a demostrar que el sector opuesto estaba "organizado" y que no era espontáneo ni inorgánico.

No deja de resultar extraña esta reivindicación de la protesta apolítica viniendo de políticos que habitualmente se jactan de su capacidad de organización.

Tal vez sea otro signo de un cambio de época.


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