El estigma de una desigualdad que persiste

A diferencia de la distribución funcional del ingreso, que mide con qué porción de la renta nacional se quedan los asalariados, los estudios sobre el reparto personal del ingreso muestran cómo está dividida la sociedad toda en función de los recursos monetarios que llegan a los hogares. Esta medición es la que permite ver, en forma más directa, el grado de desigualdad social que existe no sólo en la población total sino también dentro del propio universo de los trabajadores.

Según los datos que surgen de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec, la retribución neta promedio de las personas que tienen una ocupación laboral llegaba en el tercer trimestre de 2012 a $ 3707 mensuales. La mitad de los trabajadores ganaba menos de $ 2919 y la brecha entre los mejor y los peor ubicados en la escala resultó de 19,7 veces. Otro indicador de iniquidad es el que refleja que el 10% más rico se queda con el 27,4% de los ingresos, mientras que en la parte baja de la pirámide hace falta reunir al 50% de los trabajadores para acumular el 23,3% del ingreso total.

Esos índices, que de todas formas mejoraron bastante en la última década, se explican por una fuerza laboral muy heterogénea en cuanto a la calidad de las ocupaciones. Los de menores ingresos tienen un promedio de 20 horas semanales trabajadas, en comparación con las 45 de los niveles más elevados: esa subocupación es un primer indicio de precariedad laboral.

Un trabajo del Instituto Pensamiento y Políticas Públicas (Ipypp), de Claudio Lozano, señala que 50,4% de los trabajadores, alrededor de 8,4 millones, pertenece a la "fuerza laboral precarizada". Se incluye allí a los desocupados, asalariados no registrados, empleados temporales y a los cuentapropistas y asalariados que perciben una suma inferior al salario mínimo. Según el informe, entre el segundo trimestre de 2011 e igual período de 2012 hubo una mejora de ese índice de precariedad, básicamente por la caída de la cantidad de empleados que ganan menos que el sueldo mínimo.

Más allá del plano de las retribuciones al trabajo, el economista Ernesto Kritz considera que el mejor índice para medir el grado de desigualdad social es el del ingreso per cápita familiar. Es decir, considerar cuántos recursos llegan a un hogar, calculados por integrante. En este caso, al reparto de ingresos que se deriva de la actividad productiva se suma la intervención del Estado.

Los datos más recientes de la EPH indican que a cada miembro de un hogar le llegan, en promedio, $ 2238 por mes, con una brecha de 21,3 veces entre la suma correspondiente al 10% mejor ubicado en la pirámide ($ 7034) y la del 10% más pobre ($ 330).


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