Devaluadores: gato persigue su rabo

Economistas y ensayistas, incluso muy prestigiosos, machacan con el denominado «atraso cambiario». Insisten en diagnosticar «pérdida de competitividad», atribuyéndola a una insuficiente devaluación monetaria. El culpable del «atraso» y de la «pérdida» sería la autoridad monetaria que no se decide a devaluar la moneda como lo mandarían fórmulas falaces. Aunque la recomendación se presenta en varios gustos, la fórmula básica compara la evolución de precios internos con la del tipo de cambio nominal.

Si la competitividad fuera resultado exclusivo del tipo de cambio, los seguidores del credo «retrasista» habrían hallado la fórmulas de la felicidad. Cualquier país, mediante el simple arbitrio de devaluar su moneda, se convertiría en competitivo. La pobreza de las naciones se superaría mediante la poción mágica de la devaluación cambiaria.

Falsedad

Por supuesto, ello es falso y no rige en ningún país. Y menos para el conjunto de las naciones. Las ganancias de productividad de los pueblos, que motorizan el progreso de la humanidad, resultan en precios que suben menos que los ingresos. La forma sintética de verificar el progreso es justamente que los precios vayan detrás de los ingresos. ¡El aumento de los ingresos/salarios en dólares es otra medida de mayor bienestar! Ello rige tanto en EE.UU., como en China. Esta última nación sería la más «retrasada», donde más subieron los salarios en dólares, entre las economías más importantes del planeta.

En realidad, los tipos de cambio vigentes en los principales mercados reflejan situaciones financieras, expectativas, especulaciones, y otros diversos factores. Las condiciones de competitividad están decisivamente incididas por las oscilaciones de las demandas globales y modificaciones de las capacidades productivas de cada nación o área monetaria. En cierto sentido, competitividad es un concepto financiero, la diferencia entre la demanda y oferta globales de un país. Esto es la cuenta corriente del balance de pagos. Por eso, se dice que Alemania, el país más superavitario del mundo, es el más competitivo. Los devaluadores no han ofrecido una fórmula convincente del significado de competitividad, aparte de su vigilancia de la relación precios y tipo de cambio.

Además, en los países donde la producción de commodities insume recursos locales significativos, los vaivenes de las cotizaciones internacionales alteran los incentivos productivos, los ingresos por exportaciones, rentabilidades sectoriales de modo decisivo. No podemos ignorar las fuertes apreciaciones de los valores de la soja y cereales exportados por la Argentina. Tales alzas modifican las rentabilidades sectoriales y competitividad de nuestra economía, favoreciendo los saldos comerciales con el exterior.

Como el gato que corre detrás de su rabo, acelerar la devaluación del tipo de cambio no nos aseguraría mayores ingresos para el conjunto de la sociedad. Por más rápido que gire el gato, nunca alcanzará a su rabo. Por el contrario, la Argentina tiene una larga experiencia con frustrantes devaluaciones. Las mayores terminaron con gobiernos democráticos y también hicieron perder sustento a los autoritarios. Recordemos el «Rodrigazo» de 1975, que precipitó el desgaste de Isabel Martínez de Perón. Y también la del 6 de febrero de 1989, el quebrantamiento del Plan Primavera, que resultó en la renuncia del ministro Sourrouille y la posterior de Alfonsín.

Devaluar el tipo de cambio conlleva depreciar la moneda. Curiosamente, los devaluadores la proponen para «compensar» la inflación. Hasta el menos avispado sabe que el primer impacto de la devaluación es mayores precios, menor poder adquisitivo de los salarios y de los activos financieros en pesos, mayor conflictividad social, pérdida de autoridad del Gobierno.

Sucesión

Los más jóvenes deben saber que el peso actual, nuestra moneda, es el sucesor de sucesivos signos monetarios que tuvimos los argentinos. ¡El peso actual debería leerse como 10.000.000.000.000 de pesos de 1969! Diez billones de pesos de entonces se traducen en un peso actual, merced a quitas de ceros a los billetes emitidos bajo sucesivas leyes monetarias. Al peso moneda nacional se le quitaron dos ceros, se dividió por 100, en 1970. En 1983, se le quitaron otros cuatro ceros, se dividió por 10.000, para crear el peso argentino. En 1985, el austral tenía tres ceros menos, se dividió por 1.000. Finalmente, en 1992, nació el peso convertible actual, quitando cuatro ceros más, dividiendo de nuevo por 10.000. Esas quitas de ceros fueron para adecuar la moneda a la inflación que seguía a las devaluaciones. La cotización de 4,78 debiera leerse como 47.800.000.000.000 de pesos moneda nacional por dólar. 47,8 billones de pesos por dólar. ¿No les parece suficiente?

Pocas naciones del planeta devaluaron tanto como la Argentina, teatro predilecto de los sacerdotes del «atraso».


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