Una devaluación, la invitación a subir al Titanic

¿Aceptaría una invitación al viaje inaugural del Titanic, sabiendo que terminó naufragando? No obstante, varios especialistas nos invitan a devaluar para superar el «atraso cambiario», cuando sabemos que el resultado es siempre mayor inflación.

La economía es probablemente la más compleja de todas las ciencias. Basta comprobar que analiza las actividades de miles de millones de individuos interdependientes que deciden enmarcados en contextos ideológicos e institucionales constantemente cambiantes y diferentes. Cada una de las decisiones particulares incide y afecta al resto de las personas, que las debe considerar y tomar en cuenta. Por eso, la incertidumbre envuelve permanentemente las actividades humanas. Sin embargo, cualquiera se anima a opinar, tentado por lo familiar de los problemas que trata la economía: actos corrientes del común de la gente. Hasta profesionales especialistas caen en falacias y trampas lógicas que tiende esta disciplina tan sencilla en su superficie y tan enmarañada en su interior profundo. Por ejemplo, es casi intuitivo concluir que cuanto más elevado el tipo de cambio, mejores las condiciones económicas y sociales, por mayores exportaciones y menores importaciones. De ahí que una creciente pléyade de especialistas recomiende devaluar al peso, alarmada con lo que califican de «atraso cambiario». Incluso llegan a dictaminar que los controles de cambio son consecuencia de un dólar «barato», independiente del contexto global, económico, político e institucional.

El tema del tipo de cambio es de suma importancia para la política económica y las decisiones individuales de millones de argentinos. Analizar la cuestión requiere salir del análisis parcial de las decisiones aisladas y adentrarse en la comprensión más integral del contexto. La cuenta corriente del balance de pagos, el saldo entre las exportaciones (ventas al extranjero) de bienes, servicios y pagos corrientes, y las importaciones, X-M (exportaciones menos importaciones, por las siglas en inglés) es exactamente idéntico, por tratarse de una igualdad contable, al saldo entre producción nacional de bienes y servicios (Y, por sigla en inglés) y la demanda agregada nacional de bienes y servicios. En otras palabras, X-M= Y-DAN= Y-(C+I+G), la demanda agregada nacional se compone de consumo, inversión y gasto público. Esta identidad se verifica siempre, al final de cada día, pues no constituye una teoría a demostrar, sino una definición vigente en toda circunstancia, inalterable.

Si bien la incidencia del tipo de cambio parecería ser relevante, a priori, para el saldo comercial, no es tan evidente cuando se mira la otra cara de la misma realidad, la brecha entre producción y demanda globales nacionales. El término a la derecha de la ecuación tiene indudables ribetes financieros: cuando un individuo o una sociedad desea radicar capitales en el exterior, genera superávit de cuenta corriente y produce más de lo que gasta. Para aumentar el gasto interno, se necesita disminuir el superávit en cuenta corriente, gastar más que el aumento de la producción y así gozar de mayor bienestar. En esta visión más abarcadora, el tipo de cambio tiene un rol menos evidente en el bienestar. Avanzando un poco más, podemos ampliar la identidad contable anterior:

X-M=Y-DAN= Y-C-I-G= Superávit del sector privado + Superávit público, simplemente sumando y restando la recaudación impositiva del lado derecho de la ecuación y agrupando términos. Superávit privado= Y-T- (C+I). Superávit público = T-G. El resultado de la cuenta corriente es simplemente la suma de los superávits privados y públicos. No parecería posible que un tipo de cambio más elevado genere siempre mayor superávit, sin lastimar la demanda interna.

Mayor tipo de cambio implica mayor nivel de precios. A contrapelo de los deseos de estabilidad de precios de la sociedad, los que proponen devaluar la moneda, para subsanar el «retraso cambiario», no explicitan la conexión entre tipo de cambio y nivel de precios internos. Es indiscutible que las devaluaciones elevan los precios internos en la misma proporción, al encarecer los bienes exportables e importados, en primera instancia, y luego todo el resto de la estructura, a menos que se restrinja la demanda interna. Es como el gato que corre detrás de su rabo. Si no cambia el tamaño del gato, nunca la alcanza. La única manera de devaluar por encima de la inflación es frenar la demanda interna. La ecuación presentada expone que para obtener mayor superávit de cuenta corriente, se debe restringir la demanda interna, en relación con la producción. O lo que es lo mismo, aumentar los superávits privados y públicos, esto es, restringir el gasto en relación con los ingresos. Como, a la larga, la demanda global avanza copiando a la producción, la historia muestra que el mayor impacto de las devaluaciones fue siempre acelerar la inflación y, en el plazo inmediato, restringir el consumo y la ocupación y debilitar a los gobiernos democráticos. El remedio para el «atraso» fue siempre acelerar la inflación.

Tras la maxidevaluación que terminó con la convertibilidad, las importaciones se desmoronaron de 19.200 millones de dólares, en 2001, a menos de 8.500 millones, en 2002. Las importaciones se derrumbaron porque la gente dejó de consumir e invertir. Los ingresos no le alcanzaron para pagar los mayores precios internos impulsados por la devaluación. Sin consumo, se quedaron sin trabajo y perdieron ingresos; las ventas internas se licuaron y la desocupación se extendió por todas la familias. La desesperanza se generalizó. Peor aún, el proceso de reducción de la demanda interna se había iniciado en 1998, cuando las importaciones alcanzaron casi 30.000 millones de dólares. La gente venía sufriendo varios años. Contrariando la tesis del ajuste cambiario, la devaluación no estimuló las exportaciones, que cayeron en casi 1.000 millones, entre 2001 y 2002.

No nos podemos asombrar. La experiencia argentina y de países hermanos es que el principal efecto de las devaluaciones es acelerar la inflación, profundizar la pobreza y desestabilizar gobiernos. Las devaluaciones disminuyen el poder adquisitivo de los asalariados, jubilados y empresarios vinculados con la demanda interna, que constituyen la mayor parte de la economía nacional. Por eso, las devaluaciones siempre contrajeron la demanda interna. Además, los gobiernos que devaluaron fuerte perdieron autoridad y tuvieron que precipitar su salida. Las devaluaciones no fueron negocio para el conjunto de la sociedad. Azuzada la inflación por las devaluaciones, la Argentina debió reajustar el peso, quitándole ceros. La moneda actual es el resultado de quitarle 13 ceros al peso moneda nacional vigente hasta 1970. Pocas naciones sufrieron tanta inflación. El tipo de cambio actual sería de 48 billones (millones de millones) por dólar, expresada en pesos moneda nacional (la vigente hasta 1970). ¡Y siguen machacando con el tipo de cambio atrasado! Desoyen el reclamo de la gente por estabilidad de precios.



Claude Shannon, el fundador de la teoría matemática de las comunicaciones y una de las mentes más brillantes del siglo XX, postulaba que información es lo que reduce la incertidumbre. Para controlar la realidad necesitamos conocer cómo funciona. Utilizando esquemas de pensamientos parciales e infundados nos alejaríamos de nuestros objetivos. Los devaluadores también recomiendan hacerlo a EE.UU., que tiene el mayor déficit de cuenta corriente del planeta. Y a los países del euro, para ganar competitividad. Los dirigentes de esas naciones saben que devaluar conllevaría reducir la demanda interna, como ilustra nuestra fórmula, justo cuando necesitan estimularla. No les llevarán el apunte.


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