Colombia vuelve a creer que la paz es posible

Bogotá, 20 de diciembre (Télam, por Alejandro J. Lomuto).- Aun cuando al diálogo entablado entre el gobierno y las FARC le falta todavía mucho recorrido, Colombia recordará a 2012 como el año en que volvió a creer que es posible alcanzar la paz después de más de medio siglo de conflicto armado.

Esa esperanza comenzó a cobrar forma en la noche del 27 de agosto, cuando el presidente Juan Manuel Santos confirmó lo que ya se había filtrado a través de la prensa: que el gobierno y las FARC, al cabo de seis meses de negociaciones ultrasecretas, habían acordado sentarse a conversar en busca de la paz.

Es, con todo, una esperanza moderada: las partes conversan sobre los cinco temas pactados y el diálogo avanza, pero paralelamente renuevan las expresiones de las muchas diferencias que mantienen por fuera del debate, incluidos enfrentamientos armados.

Por otra parte, nadie olvida los intentos similares, todos ellos fracasados, durante las presidencias de Belisario Betancourt (1982-86), César Gaviria (1990-94) y Andrés Pastrana (1998-2002).

Pero las circunstancias actuales son bastante distintas de las que rodearon esos tres antecedentes y lo que apuntala la esperanza es lo que, según diversos análisis, cada parte tiene ahora para ganar si el diálogo fuera coronado por el éxito.

Las FARC están en un momento de relativa debilidad: en los últimos 10 años perdieron más de la mitad de sus combatientes –muchos de ellos desertaron– y varios de sus principales comandantes, y ya no tienen rehenes “canjeables”.

Además, su imagen ante la opinión pública se ve afectada por una percepción que las vincula cada vez más con el narcotráfico y con el reclutamiento forzoso de menores de edad, con el que, según la organización Human Rights Watch, cubren entre 20 y 30 por ciento de sus filas.

En ese contexto, coinciden varios analistas, el eventual acuerdo de paz representa para las FARC la chance de cambiar una probable derrota militar definitiva por un final negociado del conflicto armado y con posibilidad de inserción en la vida cotidiana –incluso política– de Colombia para sus guerrilleros.

Del otro lado, para el gobierno resulta tentadora la posibilidad de canjear un triunfo militar que parece cada vez más probable –pero cuya fecha de concreción es necesariamente incierta y se cobrará en el camino muchas vidas más– por una paz segura que contribuya a potenciar el crecimiento económico y la calidad de vida del país.

Desde su asunción, en agosto de 2010, Santos fue dando pasos concretos para facilitar el diálogo: sin perder firmeza en el combate a la guerrilla, se distanció del belicismo extremo de su predecesor, Alvaro Uribe, y recompuso las relaciones con Ecuador y Venezuela, necesariamente influyentes –para bien o para mal– en cualquier estrategia relacionada con los grupos armados por su condición de limítrofes.

Esos pasos fueron profundizados este año; por un lado, con las negociaciones secretas que desembocaron en el comienzo del diálogo, y por otro, con el impulso dado al llamado Marco Jurídico para la Paz, sancionado por el Congreso pero aún pendiente de reglamentación.

Por otra parte, ya con las conversaciones en marcha, el mandatario extendió a noviembre de 2013 el plazo que inicialmente había dado hasta junio para que las reuniones de La Habana se traduzcan en acuerdos concretos, aun cuando sigue sosteniendo que el diálogo “no debe ser un proceso de años sino de meses”.

El gobierno y las FARC siguen manifestando desacuerdos y cruzan cada tanto acusaciones, pero las conversaciones en la capital cubana vienen cumpliéndose a buen ritmo.

Y aunque casi siempre tratan sobre aspectos secundarios que no revelan la marcha del debate, los varios comunicados conjuntos que emitieron son señales de que, al menos hasta ahora, la apuesta a la paz se mantiene firme. (Télam) ajl-dc-sr 20/12/2012 22:24


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