Belleza, poesia y amor por lo popular, marcas del estilo autodidacta de

Buenos Aires, 5 de noviembre (Télam).- Belleza pictórica, tratamiento poético de la narración, trabajo intenso y minucioso con actores y seres verosímiles, y una profunda raigambre popular de sus historias y personajes, componen el universo íntimo e inigualable que Leonardo Favio desplegó en sus películas, algunas de las cuales lo convirtieron en uno de los íconos indiscutibles del cine argentino.

Favio fue un cineasta autodidacta impulsado por una necesidad vital y aprendió gran parte de lo que sabía en los sets, trabajando como actor a las órdenes de directores experimentados como Leopoldo Torre Nilsson, Fernando Ayala, Daniel Tinayre, Manuel Antín, José Martínez Suárez, René Mugica y Rubén Cavallotti, entre varios otros.

Las magníficas imágenes de sus películas concentran preocupaciones humanas y elecciones estéticas que expresan la mirada del mundo y el imaginario poético de este artista cuya escuela fue la calle y la marginalidad, y también sientan las bases de un estilo, la marca que distinguirá a través del tiempo a un autor de su talla.

Pese a que se ganaba la vida como actor, Favio había filmado en 1958 el mediometraje “El señor Fernández”, que dejó inconcluso, y en 1960, el corto “El amigo”, en el que narraba en tono de fábula fantástica el drama de un niño lustrabotas en un parque de diversiones que soñaba con poder disfrutar de su niñez de igual modo que los niños que van al parque con sus padres.

Esta incipiente incursión de Favio en la dirección -cuyo origen más hondo estaba en la voluntad de impresionar a María Vaner, de quien estaba enamorado, y en la necesidad de deslumbrar a Torre Nilsson, su mayor referente- fue el preludio de un proceso de crecimiento creativo que culminaría con la filmación de “Crónica de un niño solo”, en 1964, y daría inicio a una obra inmensa y admirable.

Ese primer largometraje fue la génesis de una forma genuina y personal de transmitir grandes preocupaciones, amores y emociones a través de pequeños recursos que ayudan a decir mucho con muy poco, como la elección del fuera de campo y el desencuadre, la profundidad de campo, el plano secuencia, la coreografía interna del cuadro y la minuciosidad pictórica del encuadre.

Todas esas elecciones confluyeron en su primera película en una puesta en escena singular, intuitiva, que desarrolla sus complejidades con elementos tan mínimos como eficaces, y que expresan la capacidad de Favio para hacerse fuerte desde sus limitaciones y para equilibrar la desproporción que existía entre ciertas ideas brillantes y el escaso dinero que disponía para alcanzarlas.

Ese fue el germen de un estilo rústico y a la vez refinado que desarrollaría luego en “El romance del Aniceto y la Francisca” y “El dependiente”, filmes con los que completó una trilogía en la que el blanco y negro, el origen humilde de sus personajes y el ascetismo de los espacios que transitan, en lo que desplegó siempre un alto grado de lirismo, emoción y espontaneidad.

La pérdida de la inocencia y la proscripción de la pureza son temas que el cineasta volvería a explorar -con otros personajes y en otros momentos y circunstancias- en sus películas posteriores.

“El romance del Aniceto y la Francisca”, “El dependiente”, “Juan Moreira”, “Nazareno Cruz y el lobo”, “Soñar soñar”, “Gatica, el Mono”, “Perón, sinfonía de un sentimiento”: en cada uno de esos filmes Favio advierte acerca de la persecución impiadosa a la que la sociedad somete a aquellos que se animan a luchar por conservarse puros e inocentes, ajenos a toda imposición interna o externa.

Un niño huérfano de afectos y esperanza. Un hombre que lo pierde todo -su novia, su gallo de riña, su vida- al entregarse como un ciego a una pasión fugaz. Un gaucho que lucha a sangre y fuego por ser libre y mantenerse digno. Un hombre lobo enamorado y perseguido por desviarse de las reglas sociales y obedecer únicamente a su corazón. O un boxeador que alcanza lo más alto de la popularidad para trastabillar y resbalar hacia lo más profundo de la ignominia.

Todos sus personajes son seres frágiles, inocentes y apasionados, que se animan a soñar e intentan cambiar o superar su condición social, aunque la mayoría de las veces de manera infructuosa.

También lo es el hombre angustiado que encarna Hernán Piquín en “Aniceto”, su última película, un ballet cinematográfico que se erige como una versión musical de su propio filme de 1966 "Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más", basado en el cuento "El cenizo", de su hermano Jorge Zuhair Jury.

Atorrante de atorrantes -tal como él mismo se definió alguna vez-, alumno aplicado de lúmpenes, pícaros y marginales, Favio desplegó un cine hecho a corazón abierto, respetuoso de los excluidos y de seres que habitan las calles como prostitutas, estafadores, “manyagatos” y ladrones de poca monta.

Intuitivo y curioso, de personalidad empírica y autodidacta, su obra priorizó siempre la emoción, la humanidad de sus personajes, la belleza, la poesía y todo aquello que le surgía desde adentro, de lo más hondo de su ser, sin filtros, estrategias o especulaciones. Para él, ser cineasta era “un trabajo que se parece al que hacía cuando era pibe: soñar”. (Télam).- pap-sa-mag 05/11/2012 15:00


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