Bancos centrales frente a un nuevo paradigma

Entre las muchas consecuencias de la crisis financiera que estalló en 2008 y aún continua en diferentes manifestaciones, se puede destacar un impacto creciente sobre principios que habían sido aceptados como indiscutibles en lo que hace a la organización y al rol de la banca central.

A lo largo de las últimas cuatro décadas se aceptó mayoritariamente la preeminencia de la lucha contra la inflación como objetivo primordial, o único, de la banca central y de esa manera se popularizó la utilización de las así llamadas "metas de inflación" como marco analítico y técnico rector, casi exclusivo, de las políticas monetarias. La adopción de este régimen, implícito o explícito, involucra también la necesidad de conceder un alto grado de autonomía a la banca central. Esto, sumado a los desarrollos analíticos surgidos de la teoría de la inconsistencia temporal -aduce que las políticas monetarias expansivas pueden tener beneficios en el corto plazo pero se traducen en elevados costos futuros y pueden, por lo tanto, otorgar altos e inmediatos réditos políticos- condujo a la aceptación generalizada de la necesidad de conceder a los bancos centrales independencia política.

Así, en el umbral de la crisis, alrededor de dos tercios de los bancos centrales del mundo adoptaron explícitamente, o de facto, metas de inflación específicas y cerca del 80% funcionan con un estatuto que formalmente les concede independencia operativa. La crisis financiera, que detonó con la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008, parece haber comenzado a cambiar estos paradigmas.

El cambio más significativo es el fortalecimiento de la corriente de pensamiento político-económico que enfatiza la necesidad de incluir o, más aún, de priorizar variables de la economía real, básicamente el crecimiento o el desempleo, como objetivos principales o, por lo menos, tan importantes como la inflación misma en la determinación de la política monetaria.

La Reserva Federal, con la dirección de Ben Bernanke, siempre actuó, teóricamente, con un mandato dual. Sus objetivos de política fueron controlar la inflación y asegurar el crecimiento. En la práctica, la inflación fue claramente la guía en su política. Ahora, con el fuerte aumento de la tasa de desempleo y las presiones políticas que esto conlleva, Bernanke anunció que, en términos prácticos, la política monetaria de Estados Unidos continuará siendo expansiva hasta que la tasa de desempleo se reduzca a 6,5%. La meta parece haber cambiado radicalmente.

Un teórico de las metas de inflación

Recientemente, el gobierno británico tomó la decisión, sin precedente, de nombrar a Mark Carney, el actual presidente del Banco Central de Canadá, como el próximo gobernador del Banco de Inglaterra, uno de los paladines de la teoría y la práctica de las metas de inflación. Carney, que implementó este esquema en Canadá, anunció que tal vez es tiempo de cambiar de meta y enfatizar el crecimiento como objetivo fundamental. Por lo tanto, propone cambiar la meta de inflación por una meta de crecimiento del PBI nominal, o sea el crecimiento real de la economía más la inflación. Sin discutir los méritos de esta propuesta, está claro que la brújula apunta a subordinar la inflación al crecimiento en la determinación de la política monetaria de los grandes bancos centrales. A esto se suma el debate en Japón entre el gobierno recién electo y el banco central sobre la necesidad de un cambio de rumbo semejante a los antes mencionados.

Está claro que esta tendencia se generaliza. Pero el abandono de las metas de inflación, que con justa razón podrían ser criticadas por haber ignorado la economía real en pos de alcanzar los objetivos inflacionarios, implica, en cierta manera, una abdicación total o parcial de la independencia de los bancos centrales, tal como se la había entendido hasta ahora. Esto es así porque aunque es indiscutible que la política monetaria juega un rol determinante en la fijación de la tasa de inflación, no puede decirse lo mismo en cuanto a la determinación de variables como el desempleo o el crecimiento. Muchas otras variables, algunas bajo el control de otras áreas de políticas públicas y otras de carácter político, juegan roles importantes. La coordinación de estas políticas conduce inexorablemente a una pérdida de autonomía del banco central. Más aún, las políticas expansivas anticrisis causaron cambios en la distribución de ingresos. Por ejemplo, las tasas de interés prácticamente nulas en los países avanzados resultaron en una pérdida significativa de ingresos para la clase pasiva. Estas decisiones del banco central son de carácter político en la práctica y no es lógico que sean tomadas sola y exclusivamente por funcionarios no electos.

Nos acercamos a un período de cambio en el paradigma que ha guiado al banco central hasta la crisis. Hay elementos bienvenidos y también hay quienes argumentan que la caída en la popularidad de las metas de inflación se debe a su propio éxito, ya que se debe destacar que la inflación no supera el dígito en los casos mencionados y ha sido derrotada en la mayor parte de los países que adoptaron ese esquema, lo que permite concentrarse en la promoción del crecimiento. Sea como fuere, lo que la crisis ha probado es que la banca central independiente y la obsesión con metas inflacionarias que ignoran desequilibrios y excesos, como las burbujas inmobiliarias, no han sido efectivas en prevenir la mayor crisis en los tiempos recientes y que el pensamiento económico relevante debe evolucionar de acuerdo con esta realidad.


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