Hay pragmáticos, ideologizados, combativos, moderados, hiperactivos, expertos, novatos, obsecuentes, revaluados y devaluados. Todos son ultraverticalistas, aunque ello no evita algunas internas por suspicacias políticas o personales. Sobre un total de 15 ministros nacionales, más de la mitad tiene mayor o menor competencia en la economía, al igual que casi dos docenas de secretarios de Estado y los titulares de organismos clave como el Banco Central o la AFIP.
Sin embargo, no hay ningún ministro que coordine, compatibilice y comunique decisiones de política económica, ni mucho menos que rinda cuenta de sus resultados. Tampoco hay reuniones formales de Gabinete. Todo pasa por la aprobación o desaprobación de Cristina Kirchner. La Presidenta sigue prefiriendo la cadena nacional y el tono épico para realizar anuncios trascendentes o intrascendentes y el Boletín Oficial cuando se trata de medidas intrincadas que afectan a los mercados.
Más extraño aún resulta que, mientras otra vez hay que hacer memoria para recordar quién es el ministro de Economía (Hernán Lorenzino), la mayor influencia en las decisiones del área corresponde a dos virtuales "superministros" que, al menos en el organigrama, son sus subordinados: los secretarios Guillermo Moreno y Axel Kicillof. Estos, a su vez, no profesan el mismo credo económico, aunque comparten la visión de considerar a empresas y empresarios potenciales enemigos. El polémico secretario de Comercio Interior ganó su fama por anteponer la práctica a la teoría -y su desprecio por las formas- cada vez que debe acometer problemas urgentes, aunque después no se haga cargo de sus consecuencias. A la inversa, el secretario de Política Económica -quien está realizando un curso acelerado de gestión pública- suele privilegiar teorías de su formación académica, sin haber tenido oportunidad aún de demostrar su efectividad o no en la práctica. Más que complementarse, suelen discrepar en cuestiones de fondo. Quizás el único punto en común sea el anacronismo ideológico en la forma de actuar de uno y de diagnosticar del otro.
En este peculiar universo oficial hay figuras ascendentes a costa del descenso de otras, por decisiones de la propia CFK. Entre los primeros se destacan Florencio Randazzo, quien ahora capitanea un inédito Ministerio del Interior y Transporte, y Ricardo Echegaray en el manejo del mercado cambiario oficial -que sólo en los papeles se denomina único y libre- y donde la AFIP subordinó al BCRA e incluso al Ministerio de Turismo. También Beatriz Paglieri, ad later de Moreno en la Secretaría de Comercio Exterior, monopoliza permisos de importación que hasta hace unos meses correspondían al Ministerio de Industria y medidas discrecionales que luego debe justificar la Cancillería. Kicillof pasó además a ser juez y parte de la política energética como director estatal de la "nueva" YPF, mientras jóvenes funcionarios de La Cámpora acaban de desembarcar en puestos clave de Cammesa y Enarsa.
De más está decir que este mayor protagonismo de algunos es inversamente proporcional al de otros funcionarios que han ido perdiendo gravitación como Julio De Vido, Mercedes Marcó del Pont, el propio Lorenzino, Débora Giorgi, Héctor Timerman, Enrique Meyer, o los secretarios Daniel Cameron (Energía) y Alejandro Ramos (Transporte). Tampoco los ministros Carlos Tomada (Trabajo) ni Norberto Yauhar (Agricultura) homologan paritarias o negocian con dirigentes agropecuarios sin decisión previa de CFK.
Historias cruzadas
Quizás el mayor contrasentido de este entrecruzamiento de roles se verificó en la disparada del dólar blue a raíz del endurecimiento de la AFIP. Los voceros no fueron los responsables de Economía y del BCRA, sino el verborrágico senador Aníbal Fernández, quien además cometió la insólita infidencia de revelar contactos de Moreno con cambistas para regimentar -con escaso éxito- el mercado paralelo. Esto le valió reprimendas públicas de Randazzo, Echegaray y la propia Cristina Kirchner. La única excepción fue Kicillof cuando salió a desmentir versiones sobre una pesificación por ley de los contratos. Pero esto no impidió que, pocos días después, el diputado ultrakirchnerista Edgardo Depetris presentara un proyecto en el mismo sentido que el viceministro había negado.
Con todo, la descoordinación de señales no es el principal problema del Gobierno. Plantear la pesificación como alternativa a la dolarización no es posible sin incluir a la inflación como principal factor distorsivo de la economía. Pero aquí todo el oficialismo cierra filas para no hablar del tema, como si fuera tabú. Este virtual pacto de silencio hace que el mediático gesto presidencial de predicar con el ejemplo sea irrelevante para las expectativas. Nadie sería capaz de corregir a CFK y advertirle que únicamente sería "mas rentable" -como sostuvo- transformar su depósito de 3 millones de dólares en un plazo fijo en pesos (a una tasa de 10/12% anual), si la inflación verdadera fuera la que indica el Indec (9,6% anual). O bien si al vencimiento volviera a comprar dólares, siempre que el tipo de cambio oficial siga ajustándose bien por debajo del IPC, que es causa del actual atraso cambiario. No parece la mejor táctica para predecir un éxito en la autoproclamada "batalla cultural" contra el dólar.
Pero, además, la estructura vertical de toma de decisiones conduce a lo que en la jerga económica se ha bautizado como "mala praxis": CFK suele adoptar medidas de a una y por sorpresa, sin que formen parte de un plan conocido o articulado. Así, muchas de ellas provocan efectos colaterales opuestos a los buscados. Por citar algunas, las trabas a las importaciones para fortalecer el superávit comercial jaqueado por el déficit energético están provocando una fuerte desaceleración económica. Los controles cambiarios frenaron la entrada de divisas y también la inversión. La intempestiva expropiación de YPF catapultó el riesgo país y ahora le complica el objetivo de obtener financiación externa a costos razonables.
El ex ministro Roberto Lavagna, quien acompañó -no sin discrepancias- los primeros dos años y medio de gestión de Néstor Kirchner, acaba de advertir que la economía está "en falsa escuadra", por un fenomenal desajuste de precios relativos, debido a la inflación no reconocida y las políticas "parche" del Gobierno. También que algunos sectores sueñan con un ajuste similar al Rodrigazo de 1975.
Aunque esta última mención suena escalofriante, los indicadores macroeconómicos de la Argentina (reservas, balance de pagos, déficit fiscal, deuda pública) no anticipan, a pesar de su progresivo deterioro, un escenario de crisis. A menos que la combinación de autocracia decisoria y mala praxis operativa reduzcan los márgenes de maniobra para correcciones coordinadas, graduales, previsibles y no traumáticas de las principales distorsiones para mejorar las expectativas. Al fin y al cabo, Lavagna, quien está lejos de ser un teórico neoliberal, diagnosticó que la economía es como un mecanismo de relojería que no se puede arreglar a martillazos.

