Como es de público conocimiento, el Poder Ejecutivo Nacional instrumentó una serie de reglamentaciones que regulan el acceso al mercado cambiario de los particulares y empresas. El disparador de estas medidas, se puede presumir, fue la fenomenal fuga de capitales que se evidenció hasta octubre de 2012 y que es la continuación de un proceso de más larga data que afecta a la economía argentina y que no es mérito exclusivo de la actual administración.
Esta "dolarización" de portafolios, es lo que se denomina en la literatura técnica como "sustitución de monedas", un comportamiento que afecta a la demanda de dinero local y es la tendencia que tienen los residentes de un país a reemplazar a la moneda doméstica por una extranjera en una o en todas las funciones que cumple el "dinero".
En palabras de Lord Keynes, "...la importancia del dinero surge esencialmente de que es un eslabón entre el presente y el futuro... " y cuando este puente temporal comienza resquebrajarse, empiezan a asomar los procesos de sustitución de monedas y en nuestra experiencia en particular, la estrella que brilla en el firmamento monetario es el dólar.
La dolarización es un fenómeno multicausal, pero sin error a equivocarnos, podemos mencionar dos causas que lo motorizan: los procesos inflacionarios y la incertidumbre política en sentido amplio.
Una de las primeras funciones del dinero que es reemplazada por la moneda extranjera, es la de ser "reserva de valor"; cuando la inestabilidad monetaria se acentúa, la función de "unidad de cuenta" o medida de valor, es el paso siguiente en la sustitución y por último, ser "medio general de cambio", la función que por excelencia cumple el dinero.
La experiencia de los últimos años está centrada en un proceso de sustitución monedas en torno a la función del dinero como reserva de valor; lejos estamos de la traumática experiencia hiperinflacionaria de 1989.
Un proceso de sustitución monedas, una suerte de "reforma monetaria de mercado" cuando la coyuntura monetaria es crítica, no es inocua: limita las acciones de política monetaria y bajo ciertas circunstancias, puede impulsar aún más la dinámica inflacionaria.
En última instancia, no deja de ser un síntoma de que los fundamentals de la economía están crujiendo. Que los agentes se dolaricen no es un buen indicador de la salud económica de un país.
En este contexto de dolarización y regulaciones cambiarias, se han escuchado voces de funcionarios del Gobierno que predican que hay que "pesificar" la economía, y hasta de cualquier manera.
Y este punto es central; la dolarización es un fenómeno espontáneo que refleja las reacciones de los agentes económicos frente a escenarios económicos observados o esperados que estiman afectarán su riqueza. Es casi como un seguro que se toma para protegerse de potenciales pérdidas patrimoniales, para poder mantener cierto nivel de consumo futuro en términos de una moneda que no pierde poder de compra. Se reemplaza la moneda local por una extranjera que se percibe como una reserva de valor más eficiente.
Y este comportamiento de cobertura o de mitigación de un riesgo esperado, no está organizado ni coordinado y permanecerá en el tiempo en la medida que las causas que se presume lo generan continúen operando. Imponer el uso de la moneda local sin los incentivos naturales para demandarla, no dará resultado, es más, probablemente se alcance el resultado opuesto: más dolarización, con más costos para la economía en su conjunto.
El dilema entre "pesificar o dolarizar" es falso. Ese no debe ser el principio rector; se ataca el síntoma y no las causas que lo generan. No se trata de resignar la soberanía monetaria del país y renunciar a instituciones monetarias domésticas. El desafío es crear las condiciones políticas e institucionales que contribuyan a la estabilidad monetaria, macroeconómica y jurídica en el largo plazo y de esta forma, disipar la incertidumbre sobre el futuro inmediato. Sin embargo, el desafío es enorme, 70 años de historia financiera argentina lo atestiguan.

